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Crónicas desde Lima - archivo 2002-1



Lima, 24 de mayo del 2002

En orden de llegada

“En el peaje lo paso”, pensó mientras iba acelerando dándole caza al auto negro que ya por un buen par de kilómetros había conseguido mantener la delantera a fuerza de acelerar más allá de lo permitido por el reglamento de tránsito. Pero, ¿quién iba a decirles nada a esa hora de la madrugada? A las tres de la mañana no hay policías controlando las carreteras y no se perciben más señales de vida que la del solitario cobrador en la única caseta iluminada y disponible para hacer el pago del derecho de tránsito correspondiente. También puede verse a uno que otro camión de carga que, de norte a sur o viceversa, llega a Lima trayendo su preciada carga de alimentos para esta gran ciudad que sembró sus chacras con cemento y se volvió por completo dependiente de los grandes valles provincianos.

Cuando sonó el despertador, el reloj marcaba las dos de la madrugada. Intentar acostarse temprano fue inútil. Las dos niñas estuvieron especialmente juguetonas y fue imposible dormirse antes de las once. Que contarles el cuento, que arroparlas, que acompañarlas hasta que se quedaran dormidas. No importaba, sus hijas son su alegría y pasar un rato más con ellas era un sacrificio largamente aceptable. Así que a las dos, con sólo tres horas de sueño, se sobresaltó con el traqueteo de la máquina que le avisaba que ya era tiempo de entrar en acción. Saltó de la cama. Fue al baño, tomó un largo duchazo que lo despabiló por completo, le dio un beso a su mujer, revisó que las niñas durmieran plácidamente y salió rumbo a ese compromiso que, a estas alturas de la noche, empezaba a parecer absurdo.

Salir hacia la carretera fue sencillo y no le tomó sino unos pocos minutos. Las calles despejadas le hacían entender por qué hay taxistas que prefieren trabajar de amanecida. Nada más cómodo que transitar por las avenidas que a estas horas parecían anchas y amables, sin microbuses imprudentes, sin conductores prepotentes ni policías abusivos que acechan.

Iba cuestionándose tan bizantina decisión cuando ingresó a la carretera y vio a otro automóvil, en su misma dirección, conducido por un señor igualmente vestido de oficina y con cara de haber madrugado. “¡Ajá!”, pensó, “otro que se dirige al mismo lugar, ni loco dejo que me gane, voy a ser el primero en llegar...” y fue acelerando el coche a velocidades que él comúnmente estimaba exageradas y peligrosas. Sí, no había duda que ambos se dirigían al mismo sitio porque apenas pisó el acelerador, el carro que iba adelante se alejó considerablemente como llevado por el diablo.

¿Qué hacía a esa hora de la madrugada en la carretera haciéndole “carreritas” a un desconocido al cual sabía secretamente que lo unía un destino común? ¿Cómo llegó a esta situación? ¿Qué había pasado? Reflexionó y se encontró un par de semanas atrás discutiendo con su esposa cuál sería el mejor colegio para sus hijas. La oferta es grande y variada, hay para todos los bolsillos y para todos los gustos. Él, un tipo normalmente racional, había decidido que desea para sus descendientes una educación moderna que incluyera un acento especial en el tema de los valores y las cualidades humanas, sin dejar de lado el acceso a la información y el adiestramiento en el uso de las herramientas modernas y en el conocimiento de, por lo menos, un idioma extranjero.

Tras una exhaustiva investigación y luego de hacer todo tipo de consultas con amigos que habían pasado por la experiencia, concluyó que eran tres los colegios que se aproximaban a sus propios deseos y posibilidades.

Uno era un tradicional colegio fundado hace más de sesenta años por una exigente y prestigiosa maestra inglesa que, antes de venir a educar a las niñas “bien” de Lima, se desempeñó como maestra de jóvenes de sangre azul en Inglaterra. El segundo un colegio religioso que ha crecido mucho últimamente, cuyos promotores son miembros de una congregación católica conservadora. Y el tercero, una de esas modernas instituciones que aparecieron en la década pasada ofreciendo lo mismo que los carísimos colegios tradicionales (“contactos”, familias de nombre, relaciones sociales) a precios asequibles para nuestra pequeña burguesía trabajadora y aspirante...

Pues bien. ¿Cómo después de dos entrevistas encantadoras donde dos amables señoras habían vendido a sus respectivos colegios como los mejores de Lima, pudo terminar esa madrugada haciendo lo imposible por pasar al automóvil que tenía adelante sólo por llegar primero a la fila de inscripción? Terquedad y sólo terquedad.

Cuando fue al colegio en mención, ideal para clasemedieros pudientes con intenciones aristocráticas, pensaba que su ubicación era ideal. A las afueras de Lima sus hijas se crecerían en un ambiente libre de contaminación, sin humos de carros, desechos tóxicos de fábricas o “smog”. Esos kilómetros fuera del casco urbano, que para muchos pesaban en la decisión de inscribir allí a sus hijos, se recuperarían rápidamente en la carretera, moderna y asfaltada, que conduce al sur.

Él y su mujer se sorprendieron de la poca atención que puso el portero a la hora en que solicitaron el ingreso para conversar con la persona encargada de dar informaciones. Sin embargo, siguieron adelante, ingresaron a la oficina que les indicaron y vieron que en un escritorio, a unos cuantos metros se encontraba, escribiendo algo en la computadora, una rubia que más parecía vestida para promocionarse que para explicar el funcionamiento del colegio a dos padres de familia. Esperaban, como en los casos anteriores, que el mismo director los recibiera para poder conversar con él, pero supusieron que el colegio había encargado esta conversación previa a esta señorita que, seguramente, sabría resolver todas sus inquietudes.

“Señorita...” empezaba a decir amablemente cuando fue interrumpido por el “un momentito” que le pareció absolutamente fuera de lugar, mientras la dama seguía sin levantar la mirada trabajando con las teclas displicentemente. Unos minutos después, cuando terminó de hacer quién sabe qué, levantó sus grandes ojos verdes y dijo con la amabilidad de una vendedora de tienda “en qué puedo servirlos”. Luego de las presentaciones de rigor, él se puso a formular las mismas preguntas que hiciera en los otros dos colegios y que tan paciente y clarificadoramente habían resuelto las directoras que ya empezaba a extrañar. La de los cabellos rubios contestaba sin ganas, casi con monosílabos, como si estuviera realmente aburrida de su misión. Sin embargo algo impulsaba a los buenos progenitores a seguir con la charla. “Es un buen colegio” pensaba, “seguramente esta muchacha pasa por un mal día y no por eso va a arruinar la reputación de esta escuela”. Continuaron. En un momento él dijo: “¿será posible que conozcamos las instalaciones del colegio?” y ella, con cara de “otra vez”, contestó con un “si quieren” que era como para desmotivar a cualquiera.

Salieron al patio principal. Caminaron unos pasos y la chica, sin moverse de su metro cuadrado, inició lo que parecía un discurso memorizado y repetido cien veces, “a la derecha tienen el área de recreación, a la izquierda el pabellón de primaria, el de secundaria al frente, esta es la cancha de fútbol”. “Señorita”, dijo él cuando ya empezaba a molestarse, “sé perfectamente que esa es una cancha de fútbol, gracias.. En fin, dejemos eso, ¿podría decirme por dónde será el área de crecimiento del colegio? Le hago la pregunta porque sé que la matrícula ha aumentado en los últimos años y ya empiezan a quedar chicas las instalaciones...”. “Sí, sí, eso es por allá”, dijo señalando el único terreno desocupado de los alrededores mientras, para absoluta sorpresa de la pareja, agregaba, “pero no es seguro, los papeles aún no salen y a lo mejor no se realiza la compra...”.

Regresaron a la oficina. La dama siguió con el interminable y monótono discurso sobre las virtudes del colegio mientras les entregaba un encarte a todo color en el cual se hablaba más y mejor de las ventajas de inscribir al niño en esa institución “moderna y eficiente”. Cuando concluyó, él, financista al fin y al cabo, solicitó las condiciones económicas, las cuales no aparecían en la papelería entregada. Ella hizo un mohín de incomodidad, apretó ciertas teclas en la computadora y apareció, en la impresora, una hoja que detallaba los precios de la matrícula, la mensualidad y demás gastos administrativos.

Finalmente, cuando la pareja ya se miraba con cara de “qué hacemos acá”, llegó la explicación que habría de calar en las más íntimas fibras del alma competitiva y burguesa del gerente. “Para el ingreso de los niños dividimos en tres grupos a los postulantes, uno es el “sobresaliente”, otro de “aprobados” y por último los “desaprobados”. Los primeros ingresan automáticamente, los que no pasan el examen no tienen posibilidad de inscribirse y la matrícula se completa con los “aprobados”, en orden de llegada...”. “¿En orden de llegada? ¿Puede explicarme?”. “Sí, para poder dar el examen hay que recabar una ficha, esas fichas están numeradas, quien llega primero tiene preferencia...”. “¿Y ese es el criterio?”. “Sí, es en orden de llegada...”. No preguntaron más, se levantaron y se despidieron...

Mientras aceleraba se preguntaba, ¿qué diablos hacía a las tres de la madrugada en la carretera? ¿No era una tontería eso de seleccionar a los niños por el número de inscripción? ¿No era de comedia que sólo el orgullo lo impulsara a tremenda aventura? ¿Qué podría ofrecerle un colegio que basaba sus criterios de selección en el lugar que los padres ocuparon en la cola? ¿Cuántos como él se dejarían arrastrar por el tonto complejo de “ser el primero”? Al menos, uno más, ¿o dos o tres? Ya estaban ingresando a la urbanización y eran cuatro los automóviles que avanzaban raudos en una silenciosa y no declarada competencia. Él mantenía el segundo lugar pero el que iba al frente no cedía terreno. Llegaron al famoso desvío del pantano y el líder se equivocó... “¡Tomó la derecha, tomó la derecha!”, gritaba solitario y feliz mientras él se hacía de la primera posición. Entraron a la urbanización donde se encuentra el colegio y casi no pudieron divisar nada con la pésima iluminación pública.

“Eso sí”, se dijo, “no voy a hacer el ridículo de salir corriendo del automóvil”. Así que estacionó y bajó con calma. Vio que lo mismo hacían los otros dos señores y decidió ser cortés, les cedió amablemente el paso y pensó que el número 3 no era tan malo. Cuando iba llegando a la puerta del colegio fue escuchando voces y carcajadas. No entendía bien lo que decían y poco a poco fue descubriéndose la burla de una multitud que esperaba en la misma puerta haciendo cola... “Ja, ja, ja, creen que son primeros, ¡qué tontos!, miren cómo corren, ja, ja, ja...” Y, ya iluminado por las luces del local pudo divisar a medio centenar de padres de familia que hacían sorna de los recién llegados.

Le pareció de pésimo gusto. Caminó despacio y se puso último en la cola con cara de pocos amigos lo que no evitó que, desde las sombras, unas voces hicieran un par de comentarios burlones. Una vez en la línea no puedo evitar mirar a los demás. A su lado estaban los otros dos competidores de la carretera. Todos los que allí hacían cola tenían la misma apariencia. Hijos de la burguesía, gerentes y dueños de empresas en crecimiento que veían en ese colegio el lugar adecuado para sus hijos. Toda era “gente bien” que se había pasado la noche en vela para asegurar un cupo para sus descendientes (no está de más suponer que ninguno de ellos previó que sus vástagos pudieran quedar en el grupo de los “sobresalientes” y se aseguraron “posiaca”). Los más previsores habían traído bancos y sillas playeras, tenían termos con café, gaseosas, sánguches, cigarrillos y frazadas. La envidia de la cola era el número 7, se había premunido de un moderno TV a baterías y veía no sé qué serie antigua de esas que pasan los canales locales en la madrugada.

Cuando llegó, con la cara adusta y el ceño fruncido, aquel que iba encabezando el grupo en la carretera pero que volteó a la derecha no pudo dejar de reírse de la ingenuidad humana y se unió la coro de voces que carcajeaba y gritaba: “Ja, ja, ja, creen que son primeros, ¡qué tontos!, miren cómo corren, ja, ja, ja...”.

Claro, sólo un poco más duró su estupidez. Cuando ya amanecía, la luz del sol le dio una visión más clara del panorama. La patética fila de señoritos empeñados en que “su” hijo estudiara en “ese” colegio se perfiló a la perfección desdibujando el grupo de anónimos padres de familia que se había pasado la madrugada burlándose de los apuros de cada uno de los despistados que fue llegando pensándose el primero. Sonrió, se dio cuenta de todo, recordó a la rubia displicente y mononeural, repensó la tontería de escoger a los muchachos por “orden de llegada”, se vio andando a toda velocidad por la carretera y divirtiéndose con los errores de su silente y anónimo competidor y abandonó el grupo, que había comenzado a formarse, según supo luego, desde las seis de la tarde del día anterior. Subió a su carro y se fue a su casa a tomar desayuno con su mujer y sus princesas, a las que inscribió en el colegio de monjas, sin colas ni correteos de por medio, a las nueve de la mañana.

©José Luis Mejía

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Lima, 17 de mayo del 2002

Baño de mujeres

¡Cómo recordó aquella tarde el consejo materno! “Anda al baño antes de salir”, le decía su madre cada vez que, apresurado, se despedía rumbo a la calle. Y entonces detenía el apuro, se dirigía al “cuarto pequeño” y se deshacía del exceso de líquidos que su cuerpo no iba a poder contener por todas las horas que iba a durar su ausencia de casa.

Pero, claro, esa tarde de invierno, cuando la garúa mojaba todo y la humedad calaba sus huesos desacostumbrados al frío, él salió raudo de la casa y no hubo madre que le repitiera la advertencia aquella.

Primer día de clases. Tras semanas de exámenes, clases modelo y entrevistas, al fin iba a poder compartir sus conocimientos de administración de empresas con sus nuevos alumnos. Resultar electo luego de un proceso de selección tan exigente era todo un triunfo. Sin duda, la celebración valió la pena.

Con sus pocos años y con tan reducida experiencia profesional, habían sido, sin duda, sus calificaciones y cartas de recomendación las que habían inclinado la balanza a su favor. Los artículos publicados en la revista de la facultad y esa tesis sobre “Las particularidades del mercado local”, que obtuvo un “para publicar” y el “summa cum lauda” ambicionado, debieron significar mucho en la decisión del comité de selección.

Todo esto venía, además, con un dulce sabor a desagravio. En “su” universidad, donde pasó seis años quemándose las pestañas, donde fue jefe de prácticas por cuatro años y donde realizó sus mejores esfuerzos, lo habían rechazado. Algo en su carácter, en su “capacidad de relacionarse”, en su “comportamiento social”, había perjudicado su extraordinario desenvolvimiento académico. Nunca entendió la explicación del decano, pero no pudo dejar de comprender la situación cuando el sobrino del secretario general de Administración, un sujeto que jamás compitió con él en calificaciones y que si alguna fama tenía era de mujeriego y bebedor, ocupo la plaza por la que peleó y se afanó durante tanto tiempo.

Así que esa tarde se preparó con cuidado, con la misma paciencia que un novio se viste antes de emprender el camino sin retorno hacia el altar y con la concentración de los jugadores antes de salir a la cancha a librar el partido definitivo. Sacó el mejor terno del armario, lustró con parsimonia sus zapatos, buscó la correa indicada, planchó su camisa más elegante y rescató del olvido la corbata azul, esa que su padre le regalara hace ya tantos años, único amuleto que lo acompañaría en esta nueva etapa.

El contenido de su curso estaba absolutamente dilucidado y desarrollado, en los últimos cinco días había revisado todos los libros que tuvo a su alcance y tenía los papeles más que listos. La orden para imprimir copias del “syllabus” la había entregado con la debida anticipación, junto con la de las primeras separatas del curso. El maletín estaba listo y revisarlo por enésima vez no iba a cambiar nada.

Una siesta fue necesaria para liberar la tensión que lo estaba matando. Así que, terminado el almuerzo y tras revisar por última vez unas citas que iban a ilustrar la clase introductoria, se lanzó a los brazos de un vespertino Morfeo.

Esa hora de sueño fue reparadora. Con nuevos bríos y mucho entusiasmo se metió a la ducha, se dejó acariciar por el agua ligeramente fría y salió despabilado de la regadera. Se vistió con la calma de quien no quiere arrugar la tela ni apresurar los minutos. Una vez listo, cogió el maletín, salió de la casa y se embarcó en un taxi hacia la universidad. Ni pensó ni consideró que fuera bueno ir al baño y se olvidó, en medio de tanto preparativo, de los consejos maternales.

Como era de esperar, llegó temprano. Pasó por la secretaría, saludó a todos con la sonrisa del “nuevo”, firmó el libro de asistencia y recabó de la oficina las copias que necesitaba. Miró el reloj, eran las cinco de la tarde. ¡Vaya premonición! Las cinco de la tarde, la misma hora en que salen los toros y que un poeta español, cuyo nombre no recordaba, hiciera inmortal: “A las cinco en punto de la tarde”.

Lo que sobraba era tiempo. Las clases tardarían una hora en empezar y dar vueltas por el patio no era una solución válida. Así que aprovechó para conocer el salón de profesores y, siguiendo las indicaciones del guardia, llegó hasta la sala donde todos los catedráticos hacían tiempo, preparaban materiales, redactaban exámenes o, sencillamente, descasaban, fumaban un cigarrillo y tomaban café. ¡Vaya sorpresa! En una mesa, al fondo, conversaban animosamente Mario y Pepe, viejos amigos del colegio. Se les acercó algo tímido pero pronto se sintió en ambiente cuando fue recibido por la estruendosa voz del gordo que lo reconoció de inmediato y lo estrechó en un abrazo. Mario, más ceremonioso, le alargó gentilmente la mano. La charla se hizo indispensable. Conversaron de todo, recordaron viejos tiempos y dieron una revisión somera, antojadiza, benevolente y algo tamizada a sus respectivas historias. Hablaron de los amigos comunes, de política, de religión y filosofía. Se sentaron animosos, se sirvieron del delicioso café pasado “especialmente preparado para la plana docente” y él acompañó al flaco con un cigarro.

Los minutos pasaron extraordinariamente rápido. Sin mediar explicaciones, Pepe dio un salto mientras miraba el reloj de la pared y al grito de “¡la hora!” salió rápido del lugar. Un instante después, Mario hacía lo mismo mientras le recomendaba, “corre a tu salón, que se hizo tarde”. “¿Sabes dónde está el baño?”, preguntó. “Sí, acá a la izquierda, pero ya estás tarde, mejor ve a clases y dentro de un rato das un break y vas al baño en tu facultad, en el segundo piso, a la derecha…”. Y antes de terminar la frase ya estaba saliendo por la puerta mientras él recordaba la frase materna y se lamentaba de la taza de café que había incrementado su cuota de líquidos en el cuerpo.

Quedó atónito. Eran las cinco y cincuenta y ocho mientras él recordaba los consejos del decano. “Le recomiendo que llegue temprano al aula, la universidad tiene una política muy estricta con respecto a los horarios, queremos desterrar la mala costumbre de la tardanza y debemos empezar por dar el ejemplo. Si usted es puntual y rígido en el tema, le aseguro que no tendrá problemas durante el ciclo…”. Las palabras del jefe martillaban su cerebro mientras devoraba a grandes trancos la distancia hacia su salón. Llegó cuando sonaban las famosas campanadas de la Iglesia de al lado, prueba contundente y celestial de rigidez y exactitud eclesiástica, convertidas ahora en el cancerbero con que las autoridades administrativas de la facultad controlaban a sus profesores.

El salón estaba tan lleno como su pobre vejiga. Treinta muchachas y chiquillos lo miraban con una cara que denotaba asombro. Era también para ellos su primer día de clases. A verlo entrar tomaron asiento y guardaron silencio. Él sentía ya los estragos de tanta continencia. Se controló. “Todo está en la cabeza, autocontrol”, se repetía mientras ingresaba sus códigos en la máquina que en la clase estaba dispuesta para tomar asistencia. Como pudo pasó lista. De pie, tras el atril negro que le cubría tres cuartas partes del cuerpo, se contorsionaba buscado inútilmente la posición adecuada.

Se presentó, dijo su nombre y habló generalidades del curso. En mitad de su propia tragedia, no escuchó a los alumnos que hablaban de ellos y explicaban por qué pretendían ser administradores. La urgencia se hacía insoportable. Su inocente esfínter había sido exigido al máximo y la angustia se hacía desesperante en estos cincuenta minutos de suplicio.

Tomó una decisión. “A ver… Usted”, dijo con seriedad señalando a rubia que se sentó más cerca de su pupitre, “hágame el favor de repartir estos papeles… Mientras tanto, señores, haremos un receso para que puedan revisar el contenido del curso y formular sus preguntas, en diez minutos retomamos la clase…”.

Sin escuchar lo que alguien al fondo preguntaba sobre los exámenes, abandonó el salón como quien huye de las balas del enemigo.

El baño, el baño, ¿dónde estaba el baño? Sí, en el segundo piso. Subió de prisa pensando que tenía que voltear a la izquierda (“los baños siempre están para ese lado”). Llegó y no vio a nadie, ingresó a la habitación y estaba vacía. No encontró los urinarios así que de inmediato ingresó a uno de los apartados, levantó la tapa y, con una sensación que reunía todo el alivio y la felicidad del mundo, liberó su cuerpo.

Terminada la ceremonia, jaló la manecilla que da paso al agua limpia, se acomodó la ropa y volteó para salir del cubículo. Cuál no sería su sorpresa cuando, por la puerta de metal entreabierta, vio a su rubicunda alumna que, junto con otras dos muchachas, que creyó reconocer de su salón, se arreglaban frente al espejo.

Cerró de inmediato. Se disgustó. ¡Qué hacían ellas allí! ¡Qué desparpajo! Estaba tomando aire para ir a enfrentar a estas chiquillas desubicadas y atrevidas cuando escuchó más voces de mujer. En un instante el baño se llenó de féminas. Sus oídos recibieron todo tipo de conversaciones, banales e irreproducibles, castas y sensuales, procaces e intelectuales. Las chicas no sólo hablaban mientras se maquillaban o se lavaban las manos, si no que, además, se seguían comunicando a viva voz mientras una ingresaba a uno de los reservados a liberar los fluidos acumulados.

Entró en pánico. Primer día de trabajo y ser descubierto escondido en el sanitario de damas era una condena. La tragedia se cernía sobre su cabeza. Sudó frío. Se paralizó. El gentío aumentaba y todas estaban apuradas porque, según decían, ya estaban tarde. Eso hizo que las que ocupaban los inodoros fueran requeridas por las que aguardaban su turno. Iban tocando las puertas, todas contestaban un “¡ya salgo!” agudo y, al poco rato, sonaba el alcantarillado recibiendo una nueva descarga de agua. Todas se apuraban menos “la de la derecha”, claro, la de la derecha era el pobre profesor que se hallaba en medio de una crisis nerviosa, congelado, sin saber qué hacer. Resistió estoico. Afinó la voz lo más que pudo y dijo “voy a demorar un poquito”. Un murmullo cómplice y unas risitas burlonas recorrieron la habitación, pero nadie más insistió porque en ese mismo instante, las campanas de la iglesia empezaron a sonar.

Todas salieron apresuradas, comentando de los profesores nuevos, la fiesta de bienvenida, el chico de la camisa a rayas y la tontería esa de la puntualidad con que las habían torturado toda la semana anterior en las clases de preparación.

Él se rehizo. Arregló sus ropas, se peinó el cabello, secó como pudo el sudor que lo había empapado y salió del baño como escurriéndose. Cuando llegó al salón, la rubia estaba en la puerta, con un grupo grande de chicas que reían mientras ella les contaba, haciendo una mueca de repugnancia, de la pobre que se iba a demorar en el baño…

©José Luis Mejía

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Lima, 10 de mayo del 2002

Ilusión y gracias

Ignoro cuál será la palabra que ustedes traigan a la mente al recordar a sus madres, pero a mí sólo se me ocurre una: ilusión. Y no porque mi mamá, mujer extraordinaria en muchas formas y maneras, no tuviera (que la modestia me deje en paz un rato) un listado impresionante de virtudes que la dibujaban, sino porque en su sonrisa infantil de mujer anciana aprendimos a sorprendernos con las sencillas cosas de este mundo.

Pero me voy a diccionario, busco el significado de “ilusión” y las respuestas no me satisfacen. La primera acepción es dolorosa: “Falsa percepción de un objeto que aparece en la conciencia distinto de como es en realidad, a causa de una interpretación anormal de los datos de los sentidos”. O sea, espejismo, delirio, desvarío, engaño, ficción, deslumbramiento, en pocas palabras, un error. La segunda no es más amable: “Esperanza sin fundamento real”. Es decir, confusión, alucinación, fantasía. Recién la tercera viene a satisfacerme un poco: “Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo”. Pero más la veo ligada a la expectativa comercial que a la fina inocencia de mi madre...

“¡Inocencia!”, doy un grito y creo que he hallado la palabra que realmente quiere decir lo que mi limitado dominio del idioma le atribuye a la ilusión. Corro al diccionario y el golpe no es tan duro: “Estado del alma que desconoce el mal”, como preparándome a la siguiente explicación lacónicamente académica: “Simplicidad, tontería”, y me lleno de ira porque soy incapaz de encontrar las letras que construyan la palabra adecuada.

“¿Simplicidad?” ¿Pudiera ser posible? ¿Qué dice la academia? “Candor, sencillez”, y me voy adentrando en las palabras y hallo que la primera significa: “Suma blancura” y “sinceridad y pureza de ánimo”, mientras que “sencillez” es sencillamente (perdónenme esta inmensa perogrullada) lo que tiene la “calidad de sencillo”. ¡Vaya enredo! Eso de “blanco” lo entiendo, es sinónimo de pureza, de inmaculado y no me atrevo a repasar sus significados porque ya he encontrado veintidós acepciones en el libro, pero ¿esa es la palabra que busco? No lo creo, esas son virtudes reservadas a los santos y mi madre era absolutamente humana, con idas y venidas, aciertos innumerables y los errores suficientes para recordar su barro esencial y formativo.

Sigamos... “Sinceridad” es la calidad de sincero y esta palabra no significa otra cosa que: “veraz, exento de hipocresía o simulación”, cualidades de las que mi madre gozaba, sin duda alguna, pero que no satisfacen mi pesquisa lingüística. “Pureza”, sí claro, pura fue en sus acciones casi siempre, pero no dudo que ella, descendiente de la señora nacida de la costilla del pobre Adán hizo sus pequeñas maldades y tuvo sus íntimos pecados. Eso sí, conociéndola, estoy seguro que, como Nietzsche, ella podría decir, “si alguna vez mentí fue sólo por amor”.

Pero continúo con problemas, aún no encuentro la palabra indicada para explicar aquello que se agolpa en el sentimiento y la memoria cuando pienso en ella. Aún me queda la “sencillez” y lo “sencillo” que en ella residían. De las seis explicaciones que da el libro, descarto dos porque ni se trata de un asunto de física ni se limita a los regionalismo que abundan en América. Las otras cuatro: "Que no tiene artificio ni composición". "Que carece de ostentación y adornos". "Incauto, sin malicia". "Ingenuo en el trato". Retratan bastante bien a mi madre.

Nada artificial había en mi mamá. Enemiga de afeites y arreglos, dejó que el tiempo le fuera dibujando sus edades. Con una piel tersa que las muchachas envidiarían, no hubo ejemplo mejor de belleza que su cara lavada “con agua y jabón” (como decía papá) que dejaba ver en cada arruga una condecoración otorgada por la vida. En lo espiritual (y lo llamo así porque ella, creyente fiel en los dioses de nuestros abuelos, sabía que su energía residía en su espíritu) fue incapaz de un doblez, nada compuesto hubo en sus manifestaciones y en sus tratos. Amiga inconfundible de todos, no hubo vendedor, policía, afilador de cuchillos, panadero ni mendigo que no recibiera el llano afecto de su mirada limpia y su sonrisa franca. Cuando maldecía, pues… ¡maldecía!, pero la hacía con tan poco arte que sólo se sabía dos o tres de las barbaridades con que me disparo cuando los dioses me apuntan con el dedo y a los pocos minutos regresaba a la cordialidad que la definía.

Jamás la vi ostentar nada, ni joyas (antes de empeñarlas para comprar el pan que en esos tiempos escaseaba) ni conocimientos. Y estos últimos siempre los tuvo y en gran medida, sin embargo, nunca vi a una mujer que supiera tanto y que lo reservara tan silenciosamente en la intimidad de su propia sabiduría. Casada con un intelectual, mi padre, que hacía gala de una enciclopedismo envidiable, jamás pretendió hacerle competencia o ponerse a polemizar por esto o por aquello. Ella, amante de los libros y lectora voraz, me sorprendía cada vez que yo, pedante adolescente con ínfulas de intelectual, pretendía conversarle con la condescendencia del que se siente más preparado. Cada vez que mi impertinente arrogancia pretendía sacarle brillo a mi ridícula porción de conocimientos, ella, inmutable, me daba una respuesta que estaba más allá de mis posibilidades. Con un gesto tierno y condescendiente (que jamás extravió en las miserias de la vida), sonreía como para hacer menos evidente su victoria y menos dolorosa mi caída en la vergüenza de la ignorancia.

Incauta era. Claro, volvemos a los significados. Incauto es “sin cautela”, es decir, que no toma precauciones ni actúa con reservas y ésa era mi madre. Jamás tuvo cuidado de sí misma y sólo vivió pensando en su marido, sus hijos y en los demás. Sus amigos, lo he dicho, eran todos los mendigos y adictos del barrio (la decadencia de una zona se verifica cuando empieza a lanzar a sus hijos descarrilados a las calles). Ya he contado alguna vez la anécdota con mi hermana en el garaje. Ella (mi madre) se hallaba en el estacionamiento revisando los trabajos de los albañiles que acaban de hacer el hoyo que contendría la cisterna que hace tiempo se hacía necesaria ante la escasez de agua en el distrito. Mi hermana la acompañaba mientras revisaba las bolsas de desperdicios que había que botar en el contenedor que la municipalidad había instalado antiestéticamente en la avenida cercana. De repente, apareció por la puerta entreabierta un sujeto con todas la fachas de loco, pelo apelmazado y mugriento, sucio todo él, ropas raídas, ojos inyectados, gesto torvo y mirada penetrante. Mi hermana estaba a punto de empezar a lanzar gritos de auxilios cuando mi mamá, que estaba volteada, se percató de la presencia del extraño y volteó para saludarlo con un afectuoso “Hola, Esteban”. Sí, era el drogadicto engreído de mi mamá. Un tipo que debió pertenecer a alguna familia de los alrededores y que ahora vivía en los acantilados a unos pocos cientos de metros de mi casa. Mi madre lo había adoptado. Jamás le daba dinero (“no, porque no quiero que te compres porquerías”) pero se había convertido en su despensa. Un poco de arroz, harina, galletas, pan o lo que hubiera, nunca se fue con las manos vacías. El tal Estaban saludó a mi progenitora con el afecto de un hijo y él se encargó de llevar al hombro las pesadas bolsas que las dos mujeres no sabían (los hombres no estábamos en casa en esos momentos) cómo enviar hasta el depósito de desperdicios.

Claro, también “incauto” significa, “sin malicia, fácil de engañar” y, sin ser tonta (que de eso no tenía un pelo) mi mamá era víctima de todos los miserables que tenían la fortuna de acertar en su buen corazón. Sólo a una semana de estar mudados a Miraflores, otro de los “caseritos” del lugar tocó desesperadamente el timbre anunciándole a mi mamá que su abuela había sufrido no sé qué problema y necesitaba dinero para la ambulancia, lo que tenía en la cartera se le dio y sólo días después, cuando el mismo sujeto fue echado por la señora de la tienda de la esquina, donde estaba comprando mi madre, ella se enteró de que el tipo no tenía abuela alguna y que era un adicto habitual.

Anécdotas como esa hay decenas, mi mamá siempre fue sorprendida por todos los estafadores que tocaron la puerta de mi casa, ella prefería perder unas monedas antes que dejar sin ayuda a alguien que realmente lo necesitaba. Creo que eso jamás lo entendimos.

¿Era ingenua? Las dos acepciones me convencen: “Sincero, candoroso, sin doblez” y “Que nació libre y no ha perdido su libertad”. Nunca le descubrí una segunda intensión, una “mala leche” o una torcedura en sus actos y pensamientos. Era auténtica y sufría por eso. Amaba sin prejuicios y aún cuando estallaba (no era una santa) lo hacía con veracidad. Nunca derramó una lágrima que no sintiera ni sonrío de favor, era leal a sí misma y si alguna vez se traicionó fue sólo para ser mejor esposa y mejor madre.

Trabajó hasta la última gota de sus fuerzas, salió adelante de pobrezas y penurias, fue fiel compañera de mi padre en carnavales y velorios, enseñó con el ejemplo, vivió al ritmo de sus creencias y de sus valores, amó infinitamente a mi padre y lo admiró, nos dio todo lo que pudimos haber soñado y jamás mezquinó sus afectos, sus caricias, sus sonrisas, ni sus palabras. Se tragó la rabia mil veces. Sufrió sin quejarse y peleó sin protestar contra la adversidad. Compartió lo que tuvo y no guardó nada para el mañana improbable.

La extraño cada día, cada instante. A cada paso que doy me pregunto si ella, de alguna manera, sigue velando en mis angustias y me sigue acompañando, solidaria e infinita, como cada vez que me enfermaba. No voy a caer en el melodrama de lamentar lo que hice o lo que dejé de hacer, esas cuentas las pagamos en silencio ante el irrefutable tribunal de nuestra conciencia y de nuestra memoria. La amé, me demoré en entenderlo, pero la amé con la misma ilusión que me dio en herencia. Nada puedo hacer para regresarla, nunca más podré intentar el abrazo que mi estupidez me negara, pero tengo, en un rincón de mis absurdos, la luminosa sensatez de su amor generoso e incomprendido.

Las lágrimas no sirven para nada, pero a veces nos llegan en auxilio.

Ignoro cuál será la palabra que ustedes traigan a la mente al recordar a sus madres, pero al dejar la casa para andar mi camino, sólo me viene hasta los labios “gracias”, gracias, Victoria, por el privilegio de ser tu hijo.

©José Luis Mejía

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Lima, 03 de mayo del 2002

El Chama, la 10 y la 73

Tomar microbuses era lo más común en Lima hasta los noventa, años en que la libre importación de vehículos de segunda hizo posible la atrocidad de inundar de camionetas rurales (las tristemente célebres "combis") toda la ciudad.

A mediados del siglo pasado, los urbanitos extendieron sus rutas para suplir los recorridos abandonados por los tranvías. Unidades pensadas para transportar un número pequeño de pasajeros por un tramo breve, se vieron pronto colmadas al tratar de reemplazar la gran envergadura de las locomotoras eléctricas. El tránsito se hizo difícil y la gran migración del campo a la ciudad excedió todos los cálculos y planificaciones. Ante la evidencia de la realidad sólo quedó paliar el desaguisado permitiendo que ingresaran a circular vehículos cada vez más grandes. Ya en los años de la dictadura militar (1968-1980), la inversión pública había creado Enatru, ese gigantesco monstruo que se ocupó, por casi dos décadas, de intentar solucionar los líos diarios e interminables ocasionados por la escasez de parque automotor.

Los ochentas fueron el tiempo del reinado absoluto de los micros, la vuelta a la democracia y el régimen liberal de Belaúnde, fueron los motores de la inversión privada. Viejas y destartaladas unidades (que acá llegaron usadas porque hace años tenemos la acomplejada manía de comprar lotes de vehículos que en los países desarrollados son considerados chatarra) fueron reemplazadas por nuevos coches, en su mayoría de tamaño mediano.

Cerca a mi casa de Vista Alegre estaba el paradero inicial de los Chama (y eso de "paradero inicial" era un decir, era una calle ancha, entre dos parques, que servía de estacionamiento a las unidades rojizas que se colocaban en orden de llegada y partían cada cinco minutos).

Si bien nunca hubo uniformidad, se puede decir que casi todos los vehículos de la línea eran parecidos. Entrarían unas veinte personas sentadas y otras tantas de pie, tenían una puerta delantera (la bajada) y otra posterior (la subida), exactamente al contrario que los enatru. El más famoso era "el ñatito", un micro singular, diferente a todos, que tenía la peculiaridad de ser mucho más nuevo y carecer de nariz o parte delantera (el motor estaba dentro de la unidad, al lado del chofer y no al frente como en los otros). Además, fue el primer vehículo en el que vimos instalados los asientos de fibra de vidrio que llegaron a reemplazar a los de cuero sintético rellenos de esponja (que casi siempre estaban rotos y descosidos con la espuma saliéndose incontenible y con tales deformaciones que hacían incómodo el viaje allí aposentado). Era tan especial que muchas veces esperábamos diez o quince minutos, aguardando que partieran los que estaban adelante en la cola, sólo para poder gozar del paseo en esta "moderna" unidad, orgullo de la empresa y envidia de los otros choferes.

A diferencia de los buses del estado, los micros, además del conductor, contaban siempre, parado en el estribo (la escalera de bajada) con un cobrador. Sujetos singulares, muy ágiles y capaces de darse cuenta quién había pagado y quién no (en esos tiempos a nadie se le ocurría dar ni pedir boletos), así como reconocedores, casi inmediatos, de los landronzuelos que aprovechaban las apretaderas para birlarse la cartera de alguna señora o la billetera de algún incauto pasajero.

Siempre me maravilló la forma acrobática en que los cobradores llevaban el dinero. En la diestra, doblados entre los dedos, estaban los billetes de baja denominación (los "grandes" que no eran muy habituales eran depositados de inmediato en una cajita de madera que estaba en unos compartimientos medio escondidos en la zona reservada para el conductor y el copiloto, separada del cuerpo de la unidad por medio de un par de fierros que hacían las veces de cerca, apoyadera y pasamanos), y en la cavidad de la misma extremidad derecha, ordenadas por tamaños, una cantidad incalculable de monedas que sólo iban a parar al monedero de cuero que llevaban al cinto, cuando ya no cabían más en su palma. Debo decir que en aquellos tiempos era de antología encontrarse con algún cobrador al que se le cayeran las monedas, generalmente le sucedía a los novatos porque los veteranos eran unos artistas capaces de sostener el dinero en la diestra, sujetarse con la siniestra, y bajar y subir de los micros cada medio minuto, con la agilidad de un gimnasta.

Pero poco me duraron los viajes en "el Chama", el 82 me mudé (ante la amenaza de desahucio, los juicios perdidos y la insensibilidad del arrendador) a San Miguel y dejé para siempre el parque España. Una nueva rutina me hizo conocer "la 10" (el moradito, el microbús de más largo recorrido que iba hasta el cementerio, atravesando casi todas la avenidas importantes de Lima y el cual era posible hallar en las más inesperadas calles de la ciudad).

En esos tiempos todavía quedaban los viejos conductores, aquellos que venía de manejar tranvías o habían sido choferes particulares. No eran pocos y conformaban una pléyade distinta y distante de los jóvenes. Eran muy educados, saludaban a los pasajeros al subir y los despedían amablemente al bajar, manejaban con tranquilidad y cuidado y no se dejaban seducir por las "carreritas" que hacían las unidades en manos de "muchachos irresponsables" que maniobraban alocadamente para ganarse un pasajero más.

Hubo una pareja que tengo grabada en la memoria, no recuerdo sus nombres, sólo me acuerdo que el chofer era un señor entrado en años, con una incipiente calvicie, muy sereno y formal; el cobrador, por su parte, era un moreno que a mis doce o trece años se asemejaba a un criollo, tercermundista y azambado King Kong que, parado en las escalinatas de la única puerta de ese bus, hacía imposible que alguien intentara hacer una "microfuga" o "perro muerto". Amantes de las costumbres, era lógico que habitualmente tomáramos la misma y puntual unidad que pasaba a las siete de la mañana por la última cuadra de la avenida Brasil y nos conducía al colegio, en Miraflores. Nada más agradable que empezar el día conversando de todo y nada con esos dos señores de aspecto amable y trato cortés a los que jamás les escuché una palabra fuera de lugar, una vulgaridad o un aspaviento. Era la guardia vieja que ya estaba de retirada.

Otra línea recurrida era la 73, la verde. Ésta venía de Chorrillos y se iba hasta quién sabe dónde, pero a nosotros nos interesaba porque en su recorrido atravesaba Miraflores y San Isidro, haciendo posibles nuestros desplazamientos desde la zona del colegio hasta el novísimo Centro Comercial Camino Real, nuestro primer intento de "mall", donde habían sido inauguradas dos impresionantes y modernas salas de cine en las que proyectaban los estrenos de Hollywood que, por aquellos tiempos, llegaban con más de un año de tardanza.

El reino de los microbuses terminaría con la llegada de las combis y si bien aún existen y pelean por sobrevivir, la unidades cada día están más viejas y ya ni siquiera se encuentran repuestos. Los mecánicos criollos (que todo lo componen) se las han arreglado para hacerlas andar un tiempo más, han canibalizado los buses irreparables y han adaptado las piezas de las nuevas generaciones para que "calcen" con las antiguas.

Sin embargo, el transporte en microbús ya no el mismo, nunca más las célebres líneas serán recordadas por sus peculiaridades. Ahora hay una invasión de colectivos manejados por imprudentes choferes (quienes, según las estadísticas, carecen en un 50% de brevete) que matan personas todos los días y que por eso se han ganado el deshonroso sobrenombre de "combis asesinas".

El Chama, el moradito, la 73, la Surquillo-Callao o la José Leal-Cocharcas, ya no le dicen nada a los jóvenes de este recién estrenado milenio y son sólo buses viejos y destartalados que no pueden conducirlos con el adrenalínico apuro de las combis sucias y malolientes, manejadas por imberbes irresponsables que, por doce o catorce horas diarias, hacen lo imposible para ganarle pasajeros a la competencia legal y a la otra, la nube incontrolable de unidades piratas que invaden las rutas permitidas bajo el amparo de la cómplice incapacidad de la policía.

Los jóvenes de hoy, hijos autistas del "playstation", el "gameboy", el "messenger", las series de Sony, los chismes de E! y los talk shows de la televisión basura local (según sea el nivel social), andan apurados, quieren llegar "ya" a su destino, no miran por la ventana y no conversan con nadie.

Ellos no pueden comprender la nostalgia de los que hoy pasamos la treintena cuando recordamos al chofer aquel que saludábamos a diario, al cobrador amable y esos largos e infinitos recorridos al fondo, donde chicoteaba el bus en cada rompe-muelles y nos hacía malograr la página del cuaderno en el que íbamos adelantando la tarea de día siguiente. Ya nadie enamora ni roba besos en los últimos asientos, nadie viaja en patota y nadie goza de la sencilla felicidad de un viaje en microbús…

©José Luis Mejía

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Lima, 26 de abril del 2002

59-A

Si no tener movilidad propia en Lima, hace veinte o treinta años, era estar sometido a las barbaridades de los llamados “microbuseros”; hoy, carecer de un transporte particular significa ponerse a la orden de la tribu de semi-salvajes que, en su mayoría (honor a las excepciones), forma el universo de los conductores de combis asesinas…

En los setentas, Lima se convirtió en una ciudad que había perdido la oportunidad de pasar del transporte en tranvía y ferrocarril a algún otro medio moderno como los famosos “subways” o “metros” que hoy poseen todas las capitales medianamente civilizadas de América, y se condenaba a hundir su prestigio de “ciudad jardín” en la contaminación, hoy imparable, del caos vehícular.

En aquellos años, los colectivos (que no eran otra cosa que los grandes automóviles de origen europeo o norteamericano que fueron sensación a mediados del siglo XX) recorrían las vías más importantes de la ciudad. Aún recuerdo que en la Plaza San Martín estaba el paradero inicial de los carros que iban por la recién fundada vía expresa, o los otros que, tomados en la avenida Tacna, recorrían toda la Arequipa, con destino a Miraflores. Dos personas adelante, junto al chofer, y tres atrás, eran todos los pasajeros posibles.

Luego, quién sabe cuándo, llegaron los micros que, si mal no recuerdo, reemplazaron o fueron la extensión, sucesión y consecuencia de los famosos urbanitos. Los ferrocarriles y tranvías tenían rutas que, por la necesidad de las vías y los cables, eran sumamente rígidas. Generalmente iban en la línea más recta que lograba idear el ingeniero de turno y pasaban por lo que solemos llamar “las troncales” de cada distrito. Entonces, la función del urbanito consistía en acercar a la gente de la avenida principal hasta las calles más remotas e intrincadas del respectivo barrio.

Desaparecidos el tranvía y el ferrocarril, los urbanitos (estoy conjeturando) hallaron más público, un mayor espacio y aumentaron su cobertura. Visto que el negocio era rentable y animados por una Lima que se vio inundada por ese tiempo de los inmigrantes del campo, no demoraron los dueños en darse cuenta que unos vehículos más amplios recibirían a más personas y volvería más rentable el negocio. Una ciudad que pasó, en menos de cincuenta años, de quinientos mil a ocho millones de habitantes, fue caldo de cultivo para la desorganización, el fracaso de los planificadores, la destrucción de cualquier plan de crecimiento urbano y, cómo no, fue río revuelto del que se aprovecharon los pescadores de siempre.

A comienzos de los ochenta, cuando cursaba los últimos años de la primaria, íbamos con mi madre al colegio trepándonos en unos ómnibuses que partían a dos cuadras de mi casa, en Surco. Por ese entonces, el parque España, donde yo vivía, era el último rincón de la “civilización”, más allá, rumbo a los cerros, sólo existían terrenos vacíos convertidos en basurales que hacía poco tiempo, según me dijeron, formaron parte de las fértiles tierras de una zona, antaño agrícola, urbanizada a la fuerza. Había que despertarse temprano e ir, a las siete en punto, a hacer las interminables colas. La línea, la única que llegaba hasta los extramuros de la Lima aburguesa y arribista, era la 59-A. El enatru (si mal no recuerdo, las siglas de la institución estatal encargada, de la cual tomábamos el nombre genérico que le dábamos a los buses, significaban Empresa Nacional de Transporte Urbano) siempre estaba lleno. Hacerse de un asiento era una aventura inútil. Casi todos tomaban allí el vehículo y no se bajaban sino en el centro de Lima, cerca al final del recorrido. Los menos éramos los que nos apeábamos en el residencial Miraflores, así que cada mañana la batalla era por encontrar, primero, un sitio, un espacio, en esta lata gigantesca de sardinas que seguía admitiendo gente que empujaba y empujaba animados por el “avancen al fondo” que de rato en rato lanzaba el cobrador como si la unidad fuera de goma y pudiera estirarse a su sola orden.

Una vez dentro, comenzaba la angustia. Por una inexplicable razón, el mismo chofer que manejaba con ímpetus suicidas y que se pasaba las luces rojas como si dieran un premio por ello, se ponía ceremonioso con el asunto de la salida, “la bajada es por detrás” gritaba sin la menor cortesía y se peleaba a gritos, palabrotas y malos tratos con cualquiera que le solicitara, ante la imposibilidad de atravesar el mar humano que rebalsaba el pasadizo, que le permitiera abandonar ese gigante ataúd de fierro por la puerta delantera.

Así que la angustia se hacía presente cada mañana (buen dato para mi psiquiatra) en forma de un inacabable corredor de tortura que había que atravesar en los quince o veinte minutos que duraba el viaje desde la estación principal hasta las puertas del colegio. Esos minutos parecía que se esfumaban como por encanto. Ni bien estábamos trepando al bus, éste partía. Como se encontraba lleno, más que lleno, desbordado y apunto de desparramar cuerpos a lo largo de la pista, era difícil que se detuviera a recoger pasajeros en el camino (para ellos, la compañía enviaba otra unidad que se pasaba de largo el paradero inicial y recién empezaba a admitir clientes en las siguientes paradas), así que el recorrido por la Benavides hasta mi escuela se hacía brevísimo, no por la comodidad del transporte sino porque había que pasar por una muralla humana conformada por personas de todo tipo, desde el ejecutivo venido a menos pero bien acicalado, hasta el obrero (trabajador y honrado, seguramente, pero sucio y desprolijo, con lo cual no digo que los burgueses son limpios y los proletarios pobres, sólo hago una bárbara pero comprensible generalización y acepto cualquier crítica sociológica subsecuente).

Las peores épocas eran al comenzar y al finalizar el año escolar porque ambas coincidían con el término y la llegada del verano. Lo más duro era el tiempo de la transición, cuando el calor empezaba a realizar su labor de acelerador de las glándulas sudoríporas pero la gente aún no se animaba a abrir las ventanas. El resultado era formidablemente asqueroso, decenas de mujeres y hombres sin bañarse, que sudaban y emanaban olores poderosos, enfrentados a unos cuantos rebeldes que, como yo, preferíamos, adquirir una pulmonía antes que soplarlos las hediondas y nauseabundas fragancias naturales…

Yo todavía era un inocente púber, pero escuché una y mil veces las historias de robos, empujones malintencionados, roces, sobaditas, palmeos, pellizcones y demás liberalidades que algunos se tomaban con los otros pasajeros, escudados por la impunidad de un ambiente claustrofóbico y agobiante donde apenas había oportunidad para rescatar la billetera de las manos de seda que por allí pululaban. Famoso era el chiste que contaba que una señora, solterona y entrada en carnes, gritaba de repente, “me han robado, me han robado”, y cuando era requerida por los otros pasajeros dispuestos a defenderla, contestaba, coquetamente, a la pregunta de “pero, ¿dónde llevaba el dinero?”, con un mohín y un gesto son que señalaba el busto. “Pero, ¿cómo no se dio cuenta?” era la repregunta de un amable señor y ella respondía, “es que pense que tenía buenas intenciones”. Así, como en las grandes procesiones, en los corredores del bus, más de una dama se fío, equivocadamente de las buenas intenciones del sujeto que tenía al lado y terminó sin la cartera.

Una vez que se llegaba a la puerta de bajada, había que pedirle a los dioses que el bendito timbre funcionase. Nada extraño era que no emitiera el más mínimo sonido y, entonces, había que poner en funcionamiento las cuerdas vocales y empezaba el griterío, “baja en la esquina, bajaaaaaaa” que se repetía como un eco solidario que iba desde el final del bus hasta el asiento del conductor. Algunas cuadras después, el chofer se apiadaba y abría la puerta.

Eso sí, bajarse del vehículo era toda una proeza. Los encargados de manejarlos sufrían de no sé que obsesión por los tiempos y, en muchos casos, sólo “sobreparaban”, eufemismo que sirve para explicar que tan solo bajaban la velocidad y uno debía bajarse casi “al vuelo” o “a la volada”, con el bus en movimiento. “Pie derecho, pie derecho…”, era el consejo de la gente. Sólo una vez, harto de seguir la corriente, bajé poniendo primero el izquierdo y hasta ahora me duele el orgullo.

Claro, la opción era tomar el “Chama”, uno de los micros que, si ya habían hecho su aparición años antes, recién tomaban presencia debido a la escasez, incompetencia y maltratos de la línea estatal. El Chama tenía su paradero a cinco cuadras de mi casa y esa fue, seguramente, mi primera experiencia con los microbuseros, de los cuales les contaré con calma y tiempo la próxima semana, si la pluma me alcanza y su paciencia lo permite.

©José Luis Mejía

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Lima, 19 de abril del 2002

Como soldado

Recuerdo que de niños íbamos a la peluquería “El Pacífico”. Nunca supe si ese era su verdadero nombre, pero todos la reconocíamos por ese apelativo porque quedaba al lado del cine que hasta el día de hoy se llama así, la sala elegante donde vimos nuestras primeras películas “mayores de 14”, en pleno corazón de Miraflores.

Si asistir al “San Antonio” (que luego fue supermercado, más tarde templo protestante, después sala de tragamonedas y finalmente un quebrado restaurante) era un hábito, familiar y barrial, de un domingo por la tarde; acudir al “Pacífico” era algo así como una señal de crecimiento e independencia, si bien nuestros padres nos acompañaban hasta la puerta, nos compraban el boleto y nos esperaban a la salida, nos permitían, sin embargo, entrar “solos”, es decir, acompañados, pero de los amigos de la collera donde estaba, sonrojada y sonriente, la chiquilla aquella que nos hacía sentir hormigas (o gusanos, según fuera su humor) en el estómago.

Lo cierto es que junto al cinema aquel que anunciaba nuestra próxima emancipación, se alzaba una sobria, formal, elegante y siempre limpia peluquería a la que asistían los miraflorinos de postín, los arribistas y los arribados de costumbre.

No guardo ni el rostro ni los nombres de ninguno de los que allí me atendían, era muy pequeño y poco queda en mi ingrata memoria de esa parte de mi infancia. Sólo tengo la vaga sensación del aire acondicionado (algo muy extraño en los setentas limeños), los pisos relucientes, el gesto amable de los peluqueros y la voz dulce pero imperativa de mi madre diciendo “como soldado”, ante la mirada atónita del pobre hombre que veía frustrado cómo sus veinte años de experiencia en el difícil arte de trasquilar exigentes cueros cabelludos se transformaba en el mecánico trabajo de la maquinita eléctrica que rapaba y dejaba al descubierto las deformidades del imperfecto cráneo humano.

“Como soldado”. Esa frasesita la escuché durante toda mi niñez y gran parte de mi adolescencia. Fuera la que fuera nuestra situación y estuviéramos en la peluquería que estuviéramos, mi santa madre llegaba con nosotros y repetía la sentencia. A mí, lo reconozco, no me importaba demasiado. Salir a cortarse el pelo, aún en los tiempos de las vacas flacas, significaba la gran ocasión para ir a tomar el siempre bienvenido lonche, vespertino y callejero, que podía ser en “Manolo” (el reino de los churros y el chocolate españolísimos que queda aún en la avenida Larco, cerca a El Pacífico), o donde “Lucho” (un café improvisado, construido en la zona de la cochera de una casa a tres cuadras de mi vivienda de náufrago sanmiguelino, donde venden o vendían, los más ricos sánguches de pollo y la más deliciosa crema volteada que he probado).

Quien definitivamente detestaba las incursiones a la peluquería era mi hermano, mayor que yo por casi tres años, cuando me hallaba en el final de mi niñez él ya se encontraba en la pubertad y veía con pésimos ojos a los pobres cortadores de cabello. Él, joven inmerso en la corriente de la época, usaba “pucas” (una especie de collarines hechos con vértebras de pescado) y el pelo largo. Cada ida a la peluquería era una batalla. Mi padre, que en muchos temas era absolutamente tolerante y amplio, en otros (como en el del corte) se ponía intransigente. Lo que primero fueron malas caras se convirtieron, con el avance de los años y el púber convertido en adolescente, en guerra abiertas donde sólo la última, resonante, definitiva y tajante palabra de mi padre, acompañada de una mirada insostenible, determinaba que esa tarde la visita al peluquero era impostergable. Y lo vi tragarse la rabia mientras odiaba al inocente hombre de las tijeras que no hacía sino cumplir el mandato materno. Como la ironía de la existencia es infinita, hoy, mi hermano, con sus treintaitantos encima, detesta las melenas y se rapa por completo el cuero cabelludo, religiosamente, cada quincena.

Yo, salvo una que otra vez que me dio el berrinche, solía ser materia sencilla de convencer, las razones del lonchecito eran suficientes y ponía mi cráneo en las manos de los peluqueros que hacían y deshacían a voluntad. Si Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas, yo entregaba mis pelambres por una buena y rebosante copa de helados…

Mi primer cambio radical fue como a los quince años. Mi hermana iba a la peluquería de Jhonny, el típico afeminado que tiene el arte en sus manos y que, en medio de chismes y preguntas indiscretas, realiza, como si fuera un ejercicio artístico, el corte de pelo de sus clientes, mayoritariamente mujeres. Una tarde no sé si fui a acompañarla o fui a recogerla, lo cierto es que, de pronto, me vi allí bajo la mirada inquisidora del peluquero estrella del barrio. “Con esa raya al costado tienes cara de gordito bonachón”, declaró y ya se encontraba mi hermana invitándome a sentarme en la silla (una silla cualquiera, vulgar, común y corriente, no como en las peluquerías “de hombres” donde los grandes asientos reclinables de acero son el icono de la virilidad allí reinante). Evidentemente, accedí (suelo ser muy condescendiente cuando me lo piden de buena manera y, salvo un arranque telúrico y visceral, tengo poco resistencia ante los requerimientos, todos decentes, por supuesto, de las hijas de Eva). Empezó a cortar y cortar y quedé con ese indefinido peinado para atrás que me acompaña hasta estos días.

Con el paso de los años, y liberado de la tutela familiar (salidos del colegio nunca más fuimos exigidos por nuestros padres en lo que a nuestra apariencia personal se refería, “total, la que vas a hacer el ridículo eres tú” respondía mi papá cada vez que mi hermana venía con alguna vestimenta extravagante), transité por todas las formas y tamaños de pelo. Pasé del “córteme chiquitito” al “como usted quiera” y de allí al ausentismo militante que me convirtió en una especie de Cristo con sobrepeso o terrorista árabe en plena fuga o (y creo que eso me decidió a cambiar) en miembro destacado de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal (una comunidad religiosa criolla cuya mayor característica, amén de tener, según ellos mismo creen y declaran, la bendición divina y la Verdad, es la de dejarse crecer el pelo indefinidamente porque la barba y la cabellera interminables "son el radar para detectar las cosas de Dios" y, para desgracia de los que tienen el vicio de la limpieza, nadie les explicó que el champú no interfiere con las señales divinas, por lo que, cuando empezaron a confundirme con los fieles de Ezequiel Ataucusi dicho sea de paso, sus seguidores aún están esperando que resucite…, decidí mi inmediata cita con la rasuradora).

Me he cortado el pelo de “huecos” donde un viejo peluquero trabajaba por unos pocos soles sin más herramientas que una tijera y un peine, me ha cortado el pelo mi hermana, me lo ha cortado Ella, he pasado por peluquerías de hoteles de cinco estrellas y por “salones de belleza” para varones donde no sólo te invitan gaseosa, te lavan el pelo con agua tibia, te tratan como a un pachá y te ofrecen masajes, pedicure, manicure y cuanta gracia se les ocurra (claro, luego viene la cuenta y uno acaba torturando la alicaída tarjeta de crédito).

Durante años fui absolutamente dueño de mis circunstancias y, sobre todo, de mi pelo. Lo usé pequeño y largo, mediano y al rape, me peiné para atrás, no me peiné, dejé que las mechas me taparan la cara, me hice colita, me puse gomina y acompañé estas andanzas con barba poblada, barba pequeña, barba rala, barba de perseguido político o Robinsón abandonado, media barba o candado o chiva y hasta probé con unos bigotes (que me crecen pocos y antojadizamente castaños, rubios y pelirrojos; lo que, por cierto, me hizo aceptar como válida la versión jamás confirmada de mis antepasados arios).

¿Inconforme? ¿Indeciso? ¿Aproblemado conmigo mismo y con mi apariencia pelúdica y facial? No lo sé, como en otras tantas cosas, mi psiquiatra ha fracasado en esa búsqueda y sólo puedo afirmar que en tanta ida y venida me estrellé de pronto con el pragmatismo pequeño burgués de Ella quien, a golpe de insistencia, sonrisas, exigencias, ruegos, reclamos, amenazas, súplicas, remilgos, coqueteos y demás argucias femeninas, ha conseguido domesticarme más o menos bien, llevándome, con cierta frecuencia, a su peluquera quien, desde el primer día y sin saber nada de mis antiguas experiencias, no halló mejor manera de dorarme la píldora que invitándome un delicioso helado de lúcuma que me recordó esos lonches con mamá, allá en el tiempo en que la felicidad era el más común de mis juegos infantiles.

©José Luis Mejía

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Lima, 12 de abril del 2002

Ocupación: confrotador

Tenía diecisiete años, estaba en primer año de derecho y la chica aquella a la que visitaba cada semana por las tardes, se marchaba a buscar su futuro en tierras del tío Sam. Además, no tenía dinero en el bolsillo, la crisis había cancelado las propinas semanales que mi padre nos daba los domingos, no me satisfacían las tardes de vagancia de recién estrenado universitario (que a muchos de mis compañeros les duraron los seis años de carrera), y mis únicos ingresos provenían de la generosidad, siempre infinita, de mi hermana Victoria que, sin embargo, gozaba, al igual que yo (como seguimos gozando hasta nuestros días, aunque templado por los años), de ese carácter (enérgico para unos, neurótico para otros) tan común a mí línea paterna. No sobra decir que mi madre, santa mujer entregada absolutamente a la misión de hacer nuestras vidas felices, aún a costa de su propia tranquilidad, hubiera sido incapaz de legarnos en los genes esta chispa de gallito de pelea o fósforo a punto de encenderse, por la cual terminamos más de una vez, mi hermana y yo, trenzados en batallas campales (puro ejercicio verbal) que acababan con ella suprimiéndome la mesada (entregada en quincenas) que me permitía ir al cine y comerme unos chocolates; y, conmigo, hecho un energúmeno porque quedaba condenado a la orfandad económica, los excedentes de la billetera paterna (pocos en esos tiempos duros), algún sencillo que mi madre piadosa guardaba para salvarme en tiempos de peleas o el ruego infame del perdedor ante su victimaria.

Sea por esto (la necesidad urgente de hacerme de ingresos propios que me permitieran confrontar nuestras mutuas neurosis sin exponer mi seguridad económica) o por aquello (la larga marcha de la muchachita en cuya sala gastaba mis tardes de adolescente encandilado), lo cierto es que me decidí a trabajar y ganarme el pan (los chocolates, las gaseosas y las sánguches) con el sudor de mi frente.

Mi experiencia previa no había sido la mejor. Ya un verano había laborado en la farmacia de la esquina de mi casa gracias a que el dueño, un sujeto cercano a la cincuentena, sin modales, hosco, seco y agresivo, se había “juntado” (léase, tenía de amante más o menos oficializada, porque era casado otra…) con una chica, simpaticona y veinteañera que resultó ser la hija menor o nieta (ya no me acuerdo) de una vieja amiga de mi mamá. El trabajo consistió en trasladar todas las cosas del antiguo local (que iba a ser derrumbado para construir uno nuevo) a una casa cercana que, mientras duraran las obras, serviría de provisional e improvisada botica. Poco aprendí y nada gané, duré unos cuantos días y terminé mandando al sujeto aquel, que trataba a sus empleados como si fueran esclavos, a un lugar impronunciable, muy, pero muy cerca de su respetable progenitora. Cuando la chica vino a disculparse por los excesos de su marido, trayendo en sus manos un sobre con mis emolumentos correspondientes a esa semana de labores, fue recibida por la infinita y amable sonrisa de mi madre quien le explicó lo decepcionado y molesto que me encontraba y cómo me negaba, en un arranque soberbia disfrazado de dignidad mal entendida, a recibir dinero alguno proveniente de ese individuo (lo que, vaya tonto, por derecho me tocaba).

Así llegué a la notaria. Tenía que ganarme los reales y esa fue la primera y la mejor opción que se me presentó. Podía ir en las tardes. Por la mañanas acudía a la universidad a escuchar las interminables e ilustradísimas peroratas con las que Ñique (dirigente universitario, perseguido político y preso de conciencia que merece una historia aparte que prometo para algún día) nos intentaba endulzar nuestro ingreso al mundo de los códigos en el curso de Introducción al Derecho o, en largas sesiones llenas de incomprensible latín, ser testigo de lo que serían las últimas clases de Derecho Romano dictadas por Tello Johnson.

Me presentaron al capitán Segura, el amable jefe de personal gracias a cuyo afecto aún hoy no detesto por completo a los odiosos “jefes de recursos humanos” que, casi siempre, terminan siendo modernos caporales obsesionados en conseguir para la patronal las mejores condiciones en detrimento de los derechos de los trabajadores. El “capi” me dio mis primeras instrucciones: “Bueno, José Luis, usted va a trabajar en la sala de confrontaciones”…

El primer trabajo que realizaban los “nuevos” era “confrontar”, y cuando escuché la bendita palabrita se me ocurrió (acostumbrado ya a la jerga sanmarquina tan llena de lugares comunes a “persecución”, “protesta”, “enfrentamiento”, “comité de lucha”, etcétera) que se me estaba encargando algo así como el cuarto de torturas… “¿Y a quién voy a confrontar?”, pregunté angustiado. “A nadie, José Luis, a nadie, confrontaciones es la oficina donde los practicantes verifican que lo consignado en la minuta se transcriba fielmente en la escritura…” Y, como ustedes, me quedé en la luna evidenciando que aún no pasaba por los cursos avanzados de contratos o registros. Sólo cuando entré (una habitación de tres por dos cincuenta que tenía por todo mobiliario una gran mesa y media docena de sillas), saludé a los presentes y fui instruido de lo que debía realizar, me di cuenta del procedimiento y razón del trabajo. Cuando alguien compra, por ejemplo, una casa, tiene la obligación de inscribir esa adquisición en un “registro público”, es decir, tiene que poner a disposición de cualquiera que desee saberlo la información que declara que es dueño de un bien inmueble. Esa transacción tiene que ser de conocimiento general así, cualquier ciudadano, con sólo pagar una cantidad determinada, puede saber si la casa ubicada en la calle tal tiene dueño o no, o si tiene o no hipotecas que garantizan deudas anteriores.

Pues bien, para que los abogados y los notarios, los registradores y los tramitadores, los conserjes y las secretarias, los mecanógrafos y la recepcionista, los practicantes y yo (entonces, el más inexperto de todos) tuviéramos trabajo, a nadie se le ocurrió mejor idea que hacer de la inscripción de la compra venta un ceremonia interminable que comienza con el interesado ofreciendo una suma y termina recién, luego de varios meses, cuando sale la Escritura Pública (así, con mayúscula, como todo lo que creen que es importante). Una vez que ya se han puesto de acuerdo comprador y vendedor, hay que llamar a los abogados. Ellos revisan que la casa se halle “saneada” (y no se refiere eso al buen estado de las vigas, el cableado de luz o la tubería del desagüe, no, se refiere a inmaculada condición del bien, libre de cualquier acreedor) y redactan la “minuta”, es decir, el contrato privado que fija las condiciones de la transacción, la que luego llevan ante un notario para que el susodicho dé fe de la buena disposición de las partes y de la veracidad de todo lo declarado en el papel.

Una vez ingresada a la notaría, la minuta pasa por un largo trámite. Entra por “administración” donde verifican que todo esté en orden; pasa por “kárdex”, donde emite el número de expediente correspondiente; se traslada a “mecanografía”, donde expertos escribanos pasan, palabra por palabra, en una máquina de caracteres en alto relieve, el contenido de la minuta a las hojas numeradas y selladas por el colegio de notarios; de inmediato pasa a “confrontación”, donde se revisa el trabajo de los mecanógrafos; siempre hay una falla y regresa el legajo a ser corregido, vuelve a ser re-confrontrado y de allí a “registros” donde se inician los trámites de inscripción en la oficina pública correspondiente. Para todo esto, la factura, que emitió “caja”, ya debe de estar cancelada si no quiere el cliente que su expediente duerma el injusto sueño de los justos.

Ese era mi trabajo. Leer y leer. Corregir y corregir. Me dieron mis armas para la batalla, lápiz y borrador. Los primeros días traté de trabajar sin molestar a nadie, no hice más comentarios de los necesarios y, como soy tímido, no hice demasiada tertulia. La gente que allí estaba era realmente asombrosa. Todos me llevaban entre seis y diez años (una enormidad a los diecisiete), me decían “el beibi” y me miraban con cierta curiosidad. “Uno empieza a practicar cuando está por acabar la carrera” me decía Freddy, uno de los decanos en confrontación. Sí, ellos habían comenzado cuando se hallaban en último año de Derecho y si se mantenían aún en la oficina era porque aprovechaban para hacer sus cachuelitos y ganarse algunos clientes. La fachada de confrontador les venía a pelo, no estaban bajo ninguna rigurosa supervisión y bien podían tomarse buenos tiempos para tratar, en los pasillos de la notaría, con los despistados que llegaban sin la asesoría de un abogado y terminaban contratando a un egresado, al que decían y creían “doctor”, como su representante.

Al poco tiempo ya había hecho buenas relaciones. Mi condición de amigo del hijo del notario me convertía en algo así como su “sobrino” y, en consecuencia, en un “envarado” (con vara, con padrino, con influencias ante el jefe). Sin embargo, mi trato coloquial, mi poco apego al poder y mi proceder, entre inexperto y sorprendido, me granjeó sus afectos. Ya en algunas semanas me sabía todos los chismes de la oficina, entendía las bromas subidas de tono y en doble sentido, compartía almuerzos, guardaba secretos y conocía casi todos los entripados amorosos (reales y virtuales, permitidos y prohibidos) del lugar. Mi aspecto de adolescente, mis frases inmortales y unos cuantos poemitas aprendidos de memoria, me convirtieron en el “doctor corazón” del grupo.

También descubrí que era mucho más sencillo compartir el trabajo con el de al lado (si era mujer, entusiasta, veinteañera, con problemas de amores e intensiones de ser consolada, mejor), así, uno dictaba de la minuta y el otro controlaba de la escritura. No sé si antes a alguien se le había ocurrido, pero ese método lo aprendí de (y con) mi padre desde muy pequeño, cuando lo ayudaba a revisar los artículos de mi abuelo que mi madre transcribía.

Contar todas las anécdotas de ese tiempo me llevaría una novela entre rosa y policiaca donde no faltaría la amante infiel a sólo dos meses de casarse, el cornudo impasible que jamás lo supo, la ligera de las formas exorbitadas y los labios carnosos pintados de carmín, el criollazo que se las arreglaba para sacarle a los incautos clientes un poco de dinero fácil, la bachiller corruptible que alargaba los juicios para asegurar sus mensualidades (amén de una vida privada que sorprendería a más de un púber), el ladrón de los sellos al que “renunciaron” para evitar el escándalo, el falsificador de firmas que juró y rejuró que “sólo lo hice una vez” mientras se lo llevaba la policía, el cajero poco confiable que se birló una cantidad nada pequeña, y una fauna infinita e impresionante de personajes preciosos para describir hasta el detalle (ya más de uno de mis insobornables lectores me reclama por una crónica de largo aliento, pero sigo esperando que me llame mi editor…).

Básteme, pues, con agregar que esos primeros meses de confrontador fueron muy divertidos. Luego pasé por todas las dependencias de la notaria hasta convertirme, junto a Felipe (otro “envarado” y buen amigo a quien nunca jamás vi), en el hombre de confianza que llevaba los devaluados (pero abundantes) intis peruanos para ser transformados con urgencia en dólares, sólidos y confiables, en la casa de cambios de la esquina…

©José Luis Mejía

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Lima, 5 de abril del 2002

Para servirlo mejor...

“Estamos trabajando para servirlo mejor”, eso es lo que rezaba en un cartel de madera que, a manera de tranca o caballete, detenía el ingreso a su calle. Ellos habían llegado de luna de miel y, cargados de maletas, cansados por el ajetreo, con una mala noche y peor amanecer en las aduanas del país, no comprendían cómo era posible que una frase tan escueta resumiera el hecho de su imposibilidad (en realidad la imposibilidad del taxi) para ingresar hasta la puerta de su nueva casa (“alquilada, no más”) en el mismísimo barrio de Miraflores.

La casita era linda. Al parecer, los dueños habían realizado una especie de independización que convirtió una gran residencia en dos modernos espacios totalmente separados, cada uno con sus medidores de agua y luz, y con servicios de cable y teléfono individualizados. La circunstancia justificaba largamente el costo del arrendamiento y las condiciones de locación eran realmente irrechazables.

Una pequeña y acogedora sala (que sirve también como recibidor), un amplio comedor comunicado directamente con una no muy amplia pero funcional cocina, un baño grande, “como los de antes”, y dos cuartos espaciosos, dan forma al primer piso; en la segunda plata, a la que se accede por una encantadora escalera de caracol, un cuarto de servicio, baño, lavandería y una azotea ideal para parrilladas y reuniones con la patota incorregible conformada por los amigos de siempre. Además, la ubicación era inmejorable, el barrio tranquilo y la zona ideal para una pareja de tórtolos recién matrimoniados.

Tras una espectacular luna miel, cuyos detalles guardaré en el monacal silencio de mi discreción, regresaron, llenos de maletas y de entusiasmo, a la diaria rutina del esfuerzo por salir airosos en medio de una silenciosa crisis económica que pulveriza puestos de trabajo, mantiene la recesión y nos somete, a los clasemedieros supérstites, a la más duras pruebas de equilibrio entre una aristocracia, que mira con desdén nuestros intentos de “tengo un negocio que si me sale me voy arriba…”, y un pueblo que observa con desconfianza nuestra pose de “qué terrible tanta injusticia, deberíamos hacer algo para cambiar todo esto…”.

Venían dormitando en el taxi (nadie los fue a recoger porque llegaron “día de semana en horas de oficina”) cuando el chofer amablemente los arrebató de sus somnolencias: “Señor, señora… Señor… Es imposible continuar, la pista está cerrada…”. Y el despertar ingrato y la calle llena de desmonte y arena y maquinaria pesada, y el bendito cartel cerrando el camino con el “para servirle mejor” que les indigestó el desayuno que les dieron en el avión.

“¡Cómo!”, dijo él repentinamente puesto en alerta. “No es posible, si hace unos días, cuando nos fuimos, todo estaba en orden…”. Pero sí podía ser, la calle parecía haber estado bajo el fuego de mil bombardeos. Todo en desorden y una media docena de obreros dándole al pico y a la lampa. Otros operaban una serie de aparatos eléctricos conectados a un gran motor estacionado justo al frente de la casa de los pobres esposos que, además de impedir cualquier tránsito, generaba un ruido ensordecedor que martillaba los cerebros de los infortunados vecinos.

Bajaron más que molestos del carro e inútilmente trataron de llamar la atención de alguno de los empleados, el bullicio era tal que los trabajadores permanecían ajenos a cualquier señal. Sólo cuando uno de ellos levantó la cabeza para tomar un poco de aliento, vio a la pareja que, con cara de pocos amigos, trataba de comunicarse con los operadores de esas infernales herramientas de escándalo y destrucción. Ese hombre le pasó la voz a otro y aquel a otro y, así, en una especie de cadena de comunicaciones que llegó hasta el sujeto que, si bien vestía el mismo traje de campaña, lucía un casco de color blanco que lo diferenciaba de los demás, debía ser el jefe. Pausado, con la parsimonia de un trabajador público, el individuo avanzó hacia los recién casados con cara de “y ahora, ¿qué quieren estos..?”. Ella, siempre las mujeres más impulsivas que los hombres, lo recibió con un “¿me pueden decir qué diablos hacen?”, que le llegó como una bofetada a mano limpia y con viada. El capataz, acostumbrado a estos arranques de ama de casa indignada, le respondió inmutable, “señora, estamos trabajando para servirle mejor”, “¿servirme mejor?”, “así es”, y se dio media vuelta y siguió con sus labores. Claro, él tuvo que intervenir e intervino, ante la presión masculina amainó un poco el ruido y despejaron la calle lo suficiente para que ellos (y no el carro) pasaran con sus maletas hasta la casa.

Ahí no quedó el asunto, la Compañía del Agua había decidido cambiar toda la tubería de la zona porque se estaban reportando demasiados reclamos por fugas en el barrio. No encontraron mejor lugar para poner su centro de operaciones que la casa de esta buena pareja que resistió valientemente infinitas sesiones de golpes, traqueteos, y remezones. Eran tan incapaces los supervisores que las señalizaciones de las calles aún accesibles por auto resultaban un desastre. Para ir a ver a la parejita (¿quién no se da una vueltita por la nueva casa de los amigos que acaban de contraer matrimonio para visitarlos, elogiar la decoración y de paso averiguar cómo les fue en la luna de miel?) había que ser topógrafo o, al menos, especialista en descifrar los ininteligibles carteles que los contratistas dejaban regados por el barrio como si fueran las claves secretas para llegar a un cofre lleno de tesoros. Uno entraba por una calle, era desviado a otra por un cartel y una tranca, de allí enrumbaba a una recta que parecía la indicada para encontrarse, al final de esa avenida, con un tremendo hoyo en la pista que hacía intransitable ese tramo, por lo cual debía uno devolverse poniendo retroceso y tratando de no chocar con los otros automóviles en la misma situación que creían que más adelante estaba la luz y no entendían por qué diablos uno andaba como el cangrejo, para atrás. ¿Cuánto duró el suplicio? Para los recién casados, que no pudieron encaramelarse hasta tarde en su alcoba, fue una eternidad de amaneceres bajo el traqueteo de los taladros mecánicos; para todos los demás, poco más de un mes. Las peleas fueron diarias, la tierra en la calle, el jardín destrozado, el bullicio, los obreros trepados en el muro recién pintado de la casa ensuciándolo con los zapatos llenos de barro, los restos de las comidas que la señora aquella traía en canastas de paja, las botellas de gaseosas “de plástico no retornable”, los equipos, las maquinarias y, en fin, todo el aparato que una perforación de esa magnitud requería, hizo invivible la linda casita acabada de ocupar por la pareja.

Una tarde desaparecieron. Lo que no pudieron las quejas de los vecinos ni las intervenciones del serenazgo, lo pudo el agotamiento del presupuesto y los plazos cumplidos. Como llegaron se marcharon. Todo volvió a la calma. Si bien las pistas no quedaron de maravilla (el asfaltado nuevo dejaba mucho que desear), bastó para que el tránsito se normalizara y para que cada vecino pudiera poner en orden y limpieza la porción de vereda frente a su casa.

La felicidad dura poco y las pistas en Lima también. A los tres meses, la Compañía de Teléfonos estaba haciendo exactamente lo mismo, rompiendo pistas y veredas “para instalar la fibra óptica”. El jolgorio volvió a su mayor expresión, nuevamente las quejas, los gritos, las amenazas, todo, todo fue inútil. El caterpillar de los telefónicos destruyó, en cuestión de horas, el mes y medio de trabajo de los encargados del agua pública.

La historia fue la misma sólo que esta vez el suplicio duró menos, quince días le bastaron a la empresa de comunicaciones para realizar todos sus cambios de instalaciones. El trabajo fue algo más ordenado y la administración se cuidó de no estorbar tanto la vida normal de los habitantes del barrio. No sólo eso, la maquinaria era más moderna y, por ende, menos ruidosa y, para cerrar con broche de oro, trajeron a unos artistas que dejaron las calles como si fuera a pasar por allí el mismísimo Papa en una tercera visita a esta igual de veces coronada villa. Con unos aparatos especiales lijaron, cepillaron, retocaron y repararon de tal forma, que las veredas quedaron extraordinariamente nuevas, limpias y hasta hermosas.

Ella, que tenía que limpiar cada mañana y cada noche las toneladas de polvo que la obra producía, se conformó y se calmó cuando aquella tarde, llegando del trabajo preparada para ponerse a luchar con la escoba y contra la inmundicia, se encontró frente a un paraje extraordinario. Estaba tan bien hecha la tarea de remodelación que hasta daba pena pisar las veredas por el temor de dejar una infame huella del zapato sobre tal muestra de perfección albañilerística.

Esa noche durmió como una santa, él no tuvo que escuchar las peleas diarias con los empleados de la sección de urbanismo de la municipalidad y todo fue paz. Pero, ya se ha dicho que la felicidad dura poco en Lima y, cuanto más grande es, más breve es su participación en nuestras vidas. A la mañana siguiente. No meses después, no tras una semana, no dos días luego, no, al otro día, al mismísimo siguiente amanecer, ella sintió el sonido característico de ametrallamiento con el que los taladros mecánicos perforan el suelo. Salió en bata. No podía ser. Ya habían hecho de las suyas los del agua y los del teléfono, ¿qué faltaba? ¿La luz? Imposible, los cables pasan por los postes, en el aire, a cuatro metros de altura. Imagínense la cara que puso cuando, a los gritos desesperados que lanzaba al ver su hermosísima vereda convertida en añicos, el que parecía el capataz le respondió: “no se preocupe, señora, estamos trabajando por el progreso de la ciudad, ya los cables no molestarán más la vista, desde ahora tenderemos una red subterránea…”.

Hace tres semanas que los despierta el susurro de una pala mecánica…

©José Luis Mejía

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Lima, 27 de marzo del 2002

Your royal highness

No todos los días llega un príncipe a Lima y la noticia del arribo a esta ciudad (que soñó alguna vez con ser la capital de un reino improbable) de su alteza real, el príncipe Andrés, duque de York, conde de Inverness y barón de Killyleagh, puso en apuros a más de una anciana aristocrática, de estirpe monárquica y nostalgias imperiales, que tuvo que desempolvar joyas e influencias a fin de compartir siquiera el té de las cinco con tan noble visitante.

Segundo hijo de la reina Isabel II y cuarto en la línea de sucesión al trono, Andrew lleva una vida disipada y tranquila, sin mayor obligación que la de mantenerse en forma (física, social e intelectualmente) para cumplir con su deber de convertirse en monarca de Inglaterra en la improbabilísima situación en la que fallezcan, a un mismo tiempo, Carlos (el que inexplicablemente para el mundo —pero de seguro con más de una buena razón— despreció a la fantástica, pía e inmaculada Diana —aunque algún miembro de la guardia real diga lo contrario— por la feúcha, antipática y poco virtuosa Camila —que más de una gracia oculta debe tener para convencer a Charles de tal despropósito—) y sus vástagos, William y Harry (caballeritos con historial, al menos este último con problemas de alcoholismo y drogadicción a sus escasos 17 años).

Así, mientras una desgracia de grandes proporciones no deje acéfala la monarquía británica, el simpaticón de Andrés se paseará por el mundo llevando felicidad a todos los ingleses de ultramar que lo reciben, vaya donde vaya, con aplausos, banderitas y el "God save the Queen" correspondiente; sin contar a toda la pléyade de aduladores, aribistas y acomodados que se pelean por aparecer lo más cerca posible de la sangre azul del insigne caballero en la foto de la revista de sociedad de su pobre y tercermundista nación. Más de un hijodalgo trasnochado debe ver remozados sus títulos y debe animarse a reclamar sus perdidas posesiones cada vez que Andrew y su cohorte de portapliegos, guardianes y expertos de protocolo, deciden darse un paseíto por cualesquiera de los muchos países del globo.

Evidentemente, Adolfo no podía sospechar que, cuando ganó el concurso para construir el nuevo local del Royal British School for Ladies, estaba obteniendo, también, la posibilidad de estrecharle la mano al noble inglés en su visita limeña. Sí, hacía ya un año que se encontraba desarrollando y poniendo en obra el proyecto del nuevo local para niñas de alcurnia, cuando le llegó la noticia de la gira real. No sólo vendría el príncipe Andrés a Lima, sino que aprovecharían la ocasión para inaugurar, en su presencia, "el flamante y funcional edificio, en el que, desde luego, se dará preferencia a la enseñanza del idioma y la cultura inglesa, albergando a lo más exclusivo de nuestra sociedad y sirviendo de espacio adecuado para todo tipo de expresiones culturales y artísticas. Cuenta para ello con muy bien dotadas instalaciones y un acogedor auditorio", según informó el más prestigioso de los diarios de la nación.

La invitación llegó muy formal, en un impecable sobre color marfil donde se podía leer en letras limpiamente caligrafiadas, su nombre. En el interior, un fino papel anunciaba el evento y señala, de manera exacta, el horario establecido para la visita de su majestad. Pocos días después, tocó su puerta el encargado de protocolo de la embajada inglesa, solicitándole una entrevista a fin de darle los consejos y advertencias necesarias y suficientes para que su encuentro con el príncipe se realizara dentro de los cánones que el ceremonial establece.

Antes que nada, la ropa. Claro, terno, porque en este país el frac y el esmoquin sólo lo usan los huachafos y desorientados que creen que poniéndose esos trajes demuestran una elegancia que nadie realmente elegante podría reconocerles. Cuando llega una invitación como esa, uno piensa inocentemente que puede ponerse el terno que mejor le parezca o, pensándolo bien, el más adecuado, ya sea por que nos queda pintado o porque la calidad y la hechura nos brindan un aire de distinción propicio. Pero no. El traje debía ser de un gris ni demasiado oscuro ni tan claro, un color insípido, insulso y soso que, seguramente, haría pasar desapercibido a cualquiera que se colocara al lado de su alteza real. Para suerte de Adolfo, su más reciente y selecta adquisición había sido un traje de esas características que lo liberaban de tener que salir a las tiendas de Lima en busca de la vestimenta exigida.

El encargado del protocolo le explicó al invitado todo lo que podía y no podía hacer. Para empezar, tenía que guardar un absoluto silencio, no le estaba permitido dirigirse al príncipe Andrés si es que el noble de Inglaterra no se dignaba a hablarle. Una persona se encargaría de las presentaciones y, cuando se le acercara el Lord, debía esperar en absoluto silencio que Andrew se tomara la molestia de saludarlo, a lo cual contestaría con un impecable "your royal highness" y nada más. Eso no era todo, el diplomático le advirtió que ante cualquier otra intervención real sólo debería murmurar un respetuoso "yes sir", sin explicarle qué era lo correcto si su majestad tenía alguna curiosidad arquitectónica o si se le ocurría a Andresito preguntarle dónde se comía el mejor cebiche de lenguado o el mejor arroz con pato a la chiclayana, platos famosos de la cocina peruana que, hace tiempo, han trascendido las fronteras de esta pobre villa de veintiséis millones de habitantes…

Con esas y un sinnúmero de indicaciones más, Adolfo se preparó el día pertinente para sacarle el jugo a los quince minutos que tardaría en recorrer las nuevas instalaciones del colegio en la sola compañía del príncipe, la directora y el presidente de la asociación de padres de familia. El programa estaba hecho a la medida. A las ocho de la noche (en punto, que la puntualidad es inglesa) comenzaría la actuación. Unas palabras del promotor, otras de la directora de la escuela y, finalmente, el esperado "speech" de su majestad que cerraría la "breve pero emotiva" ceremonia.

Todo listo. El terno estaba impecable, la corbata no podía combinar mejor, la camisa a tono, los zapatos nuevos y brillantes, las medias de colección. Adolfo, y eso lo sabe cualquiera que lo conozca, es uno de esos pocos sujetos en el Perú que se viste bien, siempre elegante y planchado, con tanta naturalidad que parece que el claustrofóbico traje de etiqueta fuera una cómoda camisa hawaiana. Un largo duchazo, la afeitada de rigor, el mejor perfume.

Todo caminaba "on schedule" (como dicen los gringos) y parecía que no habría fuerza en el mundo capaz de retrasarlo. Ya estaba listo, o casi, cuando sonó repentinamente el teléfono de la oficina (a la que se había hecho la real promesa de no ir pero a la que acudió a terminar con unos papeles que tenía que entregar de manera impostergable la mañana siguiente). Así, como manda la ley de Murphy, "cuando las cosas vayan bien, algo habrá que haga que vayan mal" y hubo. Aquel que estaba al otro lado de la línea era un cliente preocupado por quién sabe qué problema de esos que los usuarios siempre tienen y que los que brindan el servicio saben a ciencia cierta que no es importante pero que, para los que pagan, es trascendental y se quedan una eternidad colgados al auricular amparados en el próximo cheque que tienen que girar para cancelar la factura del mes anterior.

No hubo manera de abreviar. La llamada se consumió sólo cuando el cliente terminó de recibir, a su satisfacción, todas las explicaciones con que el paciente constructor le había aclarado el panorama. Media hora perdida en el teléfono era un gran problema pero aún estaba a tiempo de evitar la catástrofe. Salió raudo, pisó el acelerador del moderno automóvil y, en pocos minutos, estaba ya estacionado en el lugar indicado, con la puerta del carro abierta y con una pierna afuera del vehículo. Desde su posición podía ver, a lo lejos, que la ceremonia había comenzado. La puntualidad inglesa hizo gala de seriedad y, por lo que escuchó en los altavoces, ya se encontraba el promotor en mitad de su breve alocución. Esos cinco minutos de tardanza no eran gran cosa.

Volteó rutinariamente el tronco y estiró la mano en busca del saco que cuidadosamente había colocado en el asiento posterior para manejar con más comodidad y, ¡oh miserias del mundo!, no lo encontró. El bendito saco gris no se hallaba por ningún lado. El pánico lo inundó. ¿Dónde lo he dejó? ¿Qué había pasado? Hizo memoria y se vio entrando a la oficina, quitándoselo porque hacía mucho calor y dejándolo, muy estiradito, en el respaldar del sillón negro. Había que tomar una decisión. No podía presentarse frente al príncipe heredero del trono inglés (en ese momento que fuera el cuarto en la línea de sucesión no era relevante) en mangas de camisa y no podía dejar plantada la ceremonia con uno de sus más importantes clientes. Tomó el toro por las astas, recordando sus viejos tiempos de estudiante irresponsable, cuando arrollaba con el Playmouth guinda heredado del papá, salió del estacionamiento y se lanzó hecho un Ayrton Senna de barrio en busca de la indumentaria perdida.

Aún no sabe cómo, pero en veinte minutos hizo el camino de ida y vuelta que comúnmente le tomaba el doble de tiempo. Con suerte, no atropelló a nadie y ningún patrullero logró darle alcance. Ya con el saco puesto, pero sudoroso y despeinado por el ajetreo, logró colarse entre la multitud de viejas perfumadas y señorones almidonados que abarrotaba el lugar. El príncipe se encontraba en las postrimerías de su perorata y él se vio con el tiempo exacto para ocupar su sitio junto a la directora del Royal British School for Ladies un instante antes de empezar el recorrido por el local recién estrenado. Pero, como bien afirma Murphy, "cuando parece que ya nada puede ir peor, empeora" y las cosas empeoraron.

A estas alturas, la seguridad estaba más ocupada en guardar el orden dentro de la ceremonia y había descuidado la zona posterior, por eso mismo, el pasadizo imaginario que permitía el acceso a la zona reservada (VIP, que le dicen), había desaparecido y Adolfo se hallaba en medio de una manifestación de personas aglomeradas, que trataban de acercarse al príncipe de cualquier manera para obtener la foto de rigor. Desde la lejana posición en la que se encontraba vio a la directora buscándolo en vano y dirigiéndose, junto al sonriente príncipe, al soñado recorrido de quince minutos por las instalaciones de "su" edificio.

Sólo más tarde, vencida la turbamulta, pudo acceder, tarjeta en mano, a la pequeña recepción que daba la asociación de padres de familia en el auditorio. El príncipe paseaba seguido por su corte de guardaespaldas y aduladores, repartiendo saludos regios por toda la habitación. Por un instante pasó delante suyo. Se detuvo. Alguien le explicó que el señor que tenía al frente era el constructor del colegio. Sonrió, dijo en perfecto inglés algo sobre las virtudes de la edificación, volvió a sonreír y se marchó pausado mientras Adolfo masticaba indignado el "your royal highness" protocolar.

©José Luis Mejía

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Lima, 22 de marzo del 2002

Yoni Wais Miuler

Cómo envidiaba a Tarzán cuando lo veía, en mi televisor blanco y negro, haciendo piruetas, saltando de árbol en árbol, venciendo leones, y salvando, mientras la llevaba, muy apretadita a su cuerpo, a la fantástica Jane que, a esas alturas de la película ya había desgarrado sus vestidos citadinos, abandonado sus zapatos de tacón y lucía, ligera de ropas, como una Eva redimida bajo las toscas y callosas manos del héroe que miraba con arrobo. Pero, más allá de la precocidad que me hacía soñar con ser aquel que paseaba de rama en rama con la fémina indómita, lo que más admiraba de este hombre mono era su destreza en los ríos caudalosos del Africa ardiente, infestados de cocodrilos con los que mantenía luchas titánicas de las que siempre surgía (tras angustiosos e infinitos minutos bajo el agua) triunfante y enarbolando el famosísimo grito de “aoooo-aoaaaaaaa” con el que estremecía a toda la selva declarando que él era el rey. Johnny Weismuller, el icono del Tarzán moderno, fue el inigualable ejemplo de mi niñez. Ser como el campeón olímpico de la década de los veinte, se convirtió en uno de mis frustrados sueños infantiles, nadar como él fue una de las ambiciones truncas de mi pubertad.

Tímido, como nadie cree que lo he sido, miraba a mis amigos lanzándose a la piscina sin ningún reparo y sentía que algo se me pudría en el cajón de las buenas intenciones. Yo, que siempre he arrastrado mi geografía, como la maldición de la caparazón de la tortuga, estaba consciente de mis limitaciones y era incapaz de tirarme al charco por el temor a la inestabilidad de mis formas, por miedo a mi ignorancia en materias de buceo, y por mi rechazo visceral al ridículo de pedir auxilio mientras me ahogaba aparatosamente en la pileta.

Si no fuera por mi tía Adriana, la más querida y auténtica de toda mi parentela, hubiera llegado a la treintena sin siquiera rozar una piscina, pero ella, su generosidad, su chúcara voluntad, su infinita necesidad de ayudar y su amor, me llevaron al recién estrenado club del Banco Central de Reserva donde un profesor, enorme a mis doce años, fue quien me dio las primeras lecciones de cómo sobrevivir en el agua. Por dos veranos hice el camino (a pie, casi siempre) que me llevaba de mi casa sanmiguelina a la sede institucional y social del banco. Si bien mi memoria adolescente es bastante mala (si el colesterol no me mata a los cuarenta, el alzheimer hará su trabajo voraz a los sesenta), creo recordar que aprendí a nadar. Digo “creo” porque, por algún motivo que ignoro, nunca jamás volví a pisar una alberca, pileta, piscina, poza, charco o cualesquiera de sus similares. ¿Algún temor infantil? ¿Uno de mis muchos complejos adolescentes? ¿Pánico al ridículo? ¿Rechazo a mis excesos corporales? ¿Vergüenza? ¡Quién sabe! Hasta el momento, mi psiquiatra ha fracasado en su búsqueda.

Por dos décadas me mantuve lo más alejado que pude de cualquier reservorio de agua (sin contar con el mar, ese charco infinito de sal licuada que, como Neruda, navego desde tierra en las aventuras náuticas de mi imaginación, y al cual aún me resisto a ingresar, entre otras cosas, por mi repugnancia a la arena caliente entre mis dedos, mi incapacidad para soportar el calor, mi aversión a lo salobre de sus aguas, mi repulsión a la pegajosa pasta del bloqueador solar, y, por eso mismo, mi pánico a una nueva insolación que me tenga, como alguna vez ocurrió, tres días en cama cubierto de tomates que absorbían de manera sorprendente el calor que mis cuerpo despedía). No volví a bañarme más que en la ducha y, no sé cómo ni por qué, le agarré un miedo profundo a las aguas que no fueran las de la regadera con la que me baño todas las mañanas. ¡Y no podía ser!

En diciembre, con el sol quemándonos como hoguera encendida, X me convenció para meternos a la piscina, ésta es sumamente segura, tiene piso, fue hecha especialmente para personas que no saben nadar, vamos a refrescarnos… y yo no, que no, que mejor otro día, que no tengo ganas, que anda tú no más y todas esas razones que me habían servido en los últimos tres años para mantenerme con los pies en la tierra y lejos de mis temores submarinos. Pero fue en vano. Su insistencia, que ha roto con muchos de mis prejuicios y de mis tercas posiciones, consiguió que me pusiera la bendita ropa de baño (que ella me regaló para que no tengas más la excusa de que no encuentras de tu talla…) y me metiera, sin demasiada confianza, a la bendita piscina. La experiencia no fue agradable. De lo que supuestamente había aprendido hace dos décadas no me quedaba ni el aliento y yo chapoteaba como cachalote herido en medio de la poza sin poder estabilizar mi humanidad y sintiendo que moriría ahogado en el metro cincuenta de profundidad de la alberca. Todos los intentos fueron vanos, el pataleo, el perrito, el muertito, el flotar de espaldas, todo me llevaba, una y otra vez, a sentir el ácido del cloro corroyendo mis fosas nasales y envenenándome. Si no moría ahogado, era más que seguro que me intoxicaría con tanta agua tragada. En un último y desesperado intento, me apoyé en el borde, me estiré y empecé la típica sesión de pateo que te enseñan en los primeros días de clases, para mi mala suerte, mi incapacidad de flotar y la poco profundidad del agujero determinaron que le acertara tal patada a las mayólicas del fondo de poza que anduve con el pie amoratado por más de una semana.

Eso me resolvió. No podía ser. Era incapaz de mantenerme a flote, una caída en cualquier cúmulo de agua significaba mi muerte inminente y no estaba dispuesto a entregar mi vida de manera tan fácil. Decidí inscribirme en clases de natación. Pregunta por aquí, pregunta por allá, terminé escogiendo, en medio de una oferta cada vez mayor en esta Lima aburguesada y murmurante, la encantadora piscina del exclusivo colegio de niñas bien que se levanta a dos cuadras de mi casa. Fui a hacer las averiguaciones del caso y, antes de desanimarme, ya estaba inscrito para asistir cuatro veces por semana a las siete de la mañana. El primer día fue de antología. Llegué ataviado con mi ropa de baño y unos anteojos de color celeste que compré allí mismo. Hablé con el que parecía el encargado y tras contarle brevemente el drama que acabo de narrarles, me envío con Hoover (sí, como las lavadoras) quien muy amablemente me pidió que me lanzara al agua. Lanzarme, como lanzarme, no me lancé (vaya usted a saber cuánta agua puede desplazar mi humanidad y el sabor a cloro no es mi favorito), pero me metí casi sin pestañear (mayor que mi aversión al agua fue mi pánico al ridículo del me da miedo junto al equipo de púberes que a algunos metros de distancia nadaban como delfines).

A ver, qué sabes hacer, me dijo muy confiado, con una simpatía que hasta el día de hoy le agradezco. No mucho, en realidad, le reiteré y cuando iba a empezar con la historia de mis veinte años fuera del agua me dijo: A ver… Nada. Y nada, pero nada de nada. Y el agua en la boca, y el sabor a cloro y las ganas infinitas de salirme y mandarme mudar a vivir en el desierto. Pero Hoover insistió. Sonriente, con paciencia de profesor de guardería infantil y con una disposición inquebrantable, se decidió a convertirme, si no en el émulo de Mark Spitz, al menos, en un sujeto capaz de sobrevivir a la caída accidental a una piscina. Fueron dos meses intensos. El primer día no sólo no pude nadar un sólo largo de veinticinco metros sino que terminé con un agotamiento digno de un maratonista después de recorrerse todo Nueva York. Poco a poco fui avanzando arrastrado, sobre todas las cosas, por la terca decisión de mi entrenador. Empezamos desde el comienzo, como si no hubiese pasado jamás por una academia. Que la tablita, la flotación, el movimiento de brazos y todo el ritual del aprendizaje. La primera vez que me dijo, vamos a nadar de espaldas, a ver, flota… casi acaba en tragedia… Una tonelada de plomo lanzada desde mil metros se hubiera hundido menos. Estás muy tenso, tienes que relajarte, me decía y yo no sabía ya cómo diablos había que hacer para relajarse Pero si me estoy hundiendo, cómo quieres que me relaje, le contestaba impaciente. Y él, con la misma sonrisa, vamos José Luis, vamos, tú puedes, yo sé que tú puedes y todo ese rollo de la voluntad con el que suelo levantarle al ánimo a mis amigos cuando andan deprimidos. Y pude. O hice el intento. Un largo, dos, tres. Al mes ya estaba haciendo doscientos cincuenta metros y me sentía el Yoni Wais Miuler de la piscina hasta que me encontré con María Teresa y me contó que ella nadaba mil quinientos metros (que luego palidecieron con los seis o siete mil que nada diariamente Diego, uno de mis alumnos).

Pero no me deprimí. Acabaron las vacaciones y tuve que tomar una decisión. Era imposible seguir en el colegio por mi casa, las clases iban a comenzar y los entrenamientos para ajenos sólo se pueden hacer por las tardes. ¿Abandono el ejercicio? ¡No! No puedo tirar al agua tanta agua tragada en estos meses, me dije y me busqué una piscina cerca al trabajo. Y hallé una. ¿Cuál es el primer horario? Seis de la mañana. Y hace quince días que Abel trata de terminar el trabajo que, por falta de tiempo, Hoover dejó inconcluso.

Me levanto a las cinco y treinta de la mañana, maldigo a los dioses por la bizantina idea de madrugar y me voy a la piscina. En espaldas me defiendo bastante bien pero en libre (o “crawl” para estar a tono con el bilingüismo) soy un verdadero desastre. Eso de no haber tenido “aprestación psicomotriz” a los tres años fue un desperdicio, si mi coordinación motora fina es mala (jamás he podido recortar una figurita sin salirme de los bordes), la gruesa es un desastre, mis brazos no van al ritmo de mis piernas y mis extremidades todas se pelean entre ellas como gallinas en corral de un solo gallo. Nunca llegaré a las olimpiadas, pero si no me vence la flojera le haré más difícil su tarea al infarto y gozaré del placer de ver el amanecer cada mañana, mientras voy a la piscina a vencer, como Tarzán post-moderno y fuera de forma, a los feroces cocodrilos de mi impericia...

©José Luis Mejía

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Lima, 15 de marzo del 2002

Sí, sí, estoy comprometido

Su primer comentario al terminar de leer mi artículo fue: No has dicho nada de tu compromiso, y yo ingenuo pregunté: ¿Qué compromiso? Y el tono de su respuesta me puso en alerta de la torpeza que acababa de cometer: ¡Nuestro compromiso! Con una sonrisa gentil, la interrumpí diciéndole que aquello, mi futura incursión en el mundo de los matrimoniados, era la razón de mi siguiente crónica, que no era un olvido, que me parecía que el tema se merecía una página completa, que nada más lejos de mí que soslayar el hecho de haberme convertido, gracias a la magia de una piedra iridiscente, en ese híbrido de la vida social que comúnmente llamamos novio y que se encuentra (nos encontramos) en una especie de limbo o purgatorio donde no se está liberto ni esposado (en el mejor sentido de la palabra) y del cual hay que salir inexorablemente en los meses próximos, so pena de convertirnos en desgraciadores o desgraciados, sin derecho a expiación en el santo tribunal de las novias abandonadas, sus amigas solidarias y las tías solteronas, bajo cuyo juicio severo, y rara vez imparcial, cualquier varón que le haga “perder el tiempo” a la susodicha se convierte en el innombrable, el ruin, el perverso y el canalla al que hay que desprestigiar en cuanto té de tías, shower, conciliábulo y aquelarre se presente la ocasión.

¿Cómo me convertí en novio? La historia del noviazgo propiamente dicho comienza hace seis meses, cuando, tras largas y apasionadas conversaciones, y tras casi tres años de mutuo y paciente compartir (y aguantar y entender y olvidar y encender y esperar y poder y admirar y querer) decidimos que ya era tiempo de ir buscando el tiempo adecuado para internarnos en la selva misteriosa del matrimonio. O sea, después de tres años de andar juntos sin liquidarnos a cuchilladas a pesar de nuestras diferencias ideológicas, nuestros complicados y explosivos caracteres, nuestra total disonancia en un millón de cosas y nuestras costumbres y vicios casi absolutamente dispares y contradictorios, ya era hora de arriesgarse en este último salto (al vacío y sin malla protectora) del cual sólo saldremos bien librados si se confirma el afecto y el respecto compartidos con los que nos hemos reconocido, reencontrado y redimido, amorosa y recíprocamente durante todo este tiempo.

Una vez tomada la decisión todo fue cuestión de tiempo. Una dama que se precie de serlo, no se considera comprometida a su galán si es que no ostenta en el anular izquierdo el anillo aquel que la reserva, a ella, de otros “aspirantes a pretendientes”, como decía mi padre y lo compele (¿qué mal suena, no?), a él, a honrar su palabra.

Así, la búsqueda de la pieza aquella de orfebrería se convirtió en una de mis silenciosas obsesiones, de esas pocas que reservo para mi personalísimo tormento y mis discusiones inacabables conmigo mismo o con Mario, mi gran amigo y mi interlocutor más antiguo. Claro, cualquier avisado lector se preguntará, ¿pero cómo podría ser tan difícil eso de conseguir la joya?, basta con visitar a cualquiera de las joyerías conocidas para tener solucionado el problema…, sin entender que la mismísima cuestión, el “ser o no ser” del asunto se resumía en el “gastar o no gastar” al que me enfrentaba cada vez que alguno de mis amigos me contaba lo que costaba el anillo de su mujer o cómo se ahorró una fortuna porque la suegra les prestó “la piedra” que era una herencia secular de la familia.

No se vaya a entender con ello que escondo a un avaro en las entrañas, no, mis pobrezas son la prueba absoluta de mi incapacidad para ahorrar. Además, en mi tradición familiar, donde hubo y hay de todo, y donde necesariamente hemos aprendido a ser tolerantes, siempre estuvo vedada la tacañería. Podemos comprender a un infiel, a un moroso compulsivo, a un simpático sinvergüenza y a un mentiroso impenitente, pero jamás podremos dispensar que alguien se comporte con la mezquindad de dejar de hacer esto o aquello para ahorrarse unos centavos.

Era, pues, un dilema económico el que me perseguía. Pero, como bien sentencia el dicho, “matrimonio y mortaja, del cielo bajan” y de allá me llegaron unos nada despreciables billetes verdes que sumaban una cantidad suficiente como para adquirir en una joyería de postín un anillo sencillo pero a la altura de las circunstancias.

Increíblemente, una obra de teatro, a la que llegué escéptico, terminó por convertirse en mi pasaporte al matrimonio. Si no fuera por Adrián al que se le ocurrió la idea, por Cecilia que le dio fuerza y sustento, por Marilia que se fajó para conseguirme el pago y por Ian que le dio su bendición (y puso su indispensable firma), aún estaría buscando fuentes de financiamiento para mi empresa.

Cargada ya la billetera, tomé la iniciativa. Lo primero, buscar el contacto. ¿Quién conoce una joyería de prestigio? (de más está decir que mi desapego al oro y sus adornos me hacen el más ignorante sujeto en el tema). Víctor. Sí, Víctor, mi cuasi concuñado, es íntimo amigo de Héctor y Héctor, cómo es público y notorio, pertenece a una familia de expertos comerciantes de joyas. Su empresa, una de las más prestigiosas del país, debería ser el lugar donde daría fin (¿o comienzo?) a mis preocupaciones. Llamé a Víctor. En la más absoluta discreción, a fin de salvaguardar el secreto para que la sorpresa fuese mayúscula, coordinamos un encuentro en su oficina. Como era imposible salir de allí sin que la pregunta “a dónde van” fuera a delatarnos, él ideó un circunstancial corte de pelo. Vamos a la peluquería del club, allá es más barato…, fue la respuesta que secamente nos liberó de más explicaciones. Salimos raudos. Ya en el coche empezó el diálogo: ¿Bueno ya sabes que quieres comprar? y sí, claro que sabía, un anillo. ¿Qué tipo de anillo? y, obvio, de compromiso. Por supuesto, gordo, ¿pero qué es exactamente lo que quieres?, y el querer y el poder entraron en conflicto. Ella se merece un anillo con un brillante de diez quilates pero, oh realidad, tengo tanto… Él sacó sus cuentas y dijo: No te preocupes, estoy seguro que alcanza para algo muy bueno. Respiré aliviado. En mitad del camino, hablando de modelos, formas y colores, llegó la pregunta del millón: ¿Y sabes el tamaño de anillo que debes comprar? Y mi pulso se detuvo un instante. ¿Tamaño? Es que acaso eso no lo saben en la joyería… El gesto de incredulidad de mi amigo me devolvió la preocupación. No tengo la menor idea, ¿no lo sabes tú?, y no, no lo sabía. Este inconveniente arruinaba nuestros planes. ¿Y ahora? Tras discutirlo largamente tuvimos que decidir que teníamos que acudir a Marita (su mujer y mi cuñada) quien, definitivamente, debería saber el número del grosor del dedo correspondiente de su hermana… Y no lo sabía, creía que, pero no estaba segura, entonces, lo mejor…

Y llegamos a la joyería con la información incompleta. Héctor, experto en el asunto, nos dio aliento. No hay problema, eso se resuelve luego, primero escoge el anillo y luego vemos la manera de conseguirnos uno que ella use… Y así fue. Él, en completo dominio de una profesión en la que se desplaza con la soltura de un pez en el agua, me dio una charla amena, sencilla y absolutamente pedagógica, de todas las bondades de los diamantes (el engaste es lo de menos, acá el valor reside en la piedra), aprendí que éstas miden su valor por una cantidad de variables impresionantes que, como comprenderán, no recuerdo. Sólo he guardado en la memoria que hay que fijarse en la pureza, el peso, el color y el corte, y sus palabras, como salidas del más elegante manual de piedras preciosas fueron algo como: En inglés, se denominan las “4C” (clarity, carat, color and cut) y la combinación de estas características producen más de cinco mil categorías diferentes. Por eso es muy difícil que dos brillantes iguales de un mismo peso tengan el mismo valor… Finalmente, encontramos un anillo que congeniaba a la perfección sus perfectas intenciones de venderme una joya digna de X (a la que conoce y quiere infinitamente) con mi imperfecto presupuesto.

Lo demás fueron trámites burocráticos, retiros del cajero automático, abonos en cuenta y papeleos. El 24 de diciembre tuve la joya en las manos y no tenía la menor idea de cómo diablos iba entregársela aquella noche en la reunión que cada dos años realizan en la casa paterna, juntando a todos, abuelos, hijos, nietos y cuñados en una gran cena familiar.

Esa misma mañana, Néstor, uno de mis queridos amigos, pasó providencialmente por mi casa y me preguntó si quería acompañarlo a realizar sus compras en la feria navideña que todos los años se arma en El Trigal. Yo, ni corto ni perezoso, acepté la propuesta. Una vez allí me lancé a la búsqueda del acompañamiento ideal para un anillo de compromiso, demostrando, una vez, mi incapacidad absoluta en materia de tiendas. Luego de más de dos horas de dar vueltas y vueltas rodeado de chiquillas hermosas en ropas ligeras, que pretendían endilgarme cuanto producto vendían, terminé adquiriendo una inmensa bolsa para la playa, un cofre de madera tallado, un “pareo” de algodón nacional, una cajita amarilla que me pareció inútilmente encantadora, un ángel celeste de papel y cartulina, un pequeño cuadro con una frase alusiva a la fecha y una docena de deliciosos alfajores bañados en chocolate hechos a mano.

Mi hermano tuvo a bien hacer el paquete y envolverlo con media docena de pliegos de papel reciclado que también compré en la feria. Con tamaño bulto me introduje en el taxi de las once de la noche y partí a su casa.

(Sé que esta historia se hace interminable, pero la ocasión lo amerita.)

Llegué y todos se encontraban departiendo alegremente en el comedor (donde la variedad y delicia de los platos merece otra crónica “ad hoc”), y discretamente dejé mi carga en el montón que se acumulaba bajo el soberbio pino artificial con nieve sintética, junto a la chimenea.

Terminada la cena las chiquillas gritaron ¡hay que abrir los regalos! y todos nos trasladamos a la sala. Allí, sólo Marita, Víctor y este servidor, sabíamos lo que se escondía al fondo del inmenso paquete que era el regalo de Ella. Las sobrinas, encargadas del reparto, demoraron en reparar en el inmenso bulto que yo había tratado de disimular de la mejor manera entre tanto obsequio navideño. Hasta que lo vieron. ¿Y éste? Se preguntaron. Es para X, dije. Y se lo dieron. Ella empezó a abrirlo con la curiosidad propia de quien me sabe absolutamente incapaz de salir bien librado de un día de compras y se fue encontrando con el sin fin de objetos que allí habían. El anillo dormía un discreto silencio en el fondo de la bolsa y dentro del cofre de madera tallada que tanto me había gustado. La tensión en el ambiente iba en aumento. Todos se mordían de curiosidad y se preguntaban qué tanta cosa podía caber en el paquete. Mis cómplices y yo callábamos estoicos y Marita se mordía por cinco últimos minutos la lengua. Hasta que al fin apareció. La conmoción fue total. Las sobrinas gritaban, las cuñadas reclamaban por no haber sido parte del secreto y mis inminentes suegros sonreían entre aprobadores y complacidos en medio de tanta algarabía. Qué hable, qué hable, empezaron a gritar las chicas y todos comenzaron a exigirme el discurso de rigor, de esta no te salvas, no te las vas a pasar cantando, tienes que decir algo, no es así de fácil, a mí no me hicieron tan simple, así que habla, y hablé. ¿Qué dije? No lo recuerdo, pero desde aquel momento me convertí en el novio, con fecha y contando…

Pero no se vaya a confundir mi sonriente descripción de los hechos con una especie de rechazo a los lazos matrimoniales. No, en manos de X, la única mujer capaz de salvarme de mí mismo, no hay lazo que obligue, anillo que compulse, ni familia que amenace; en manos de Ella todo es libertad, todo es afecto, todo es amor y todo es alegría y aunque muchos no entiendan cómo nos entendemos, juntos vamos logrando el camino y la vida.

©José Luis Mejía

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Lima, 08 de marzo del 2002

De vuelta al ruedo

Como los deportistas que se retiran en su mejor momento y que luego, por ansias de nuevos triunfos, los unos, y por angustias económicas, los otros, regresan a hacer el papelón de rigor, acá me tienen, sufridos amigos y lectores, de vuelta al ruedo de estas crónicas semanales.

Éste ha sido un verano productivo. Lo primero que hice fue decidirme a reunir en un libro las crónicas que más satisfacciones (o disgustos) me han dado. Así que imprimí los más de doscientos artículos y me di a la tarea (penosa, cansada, molesta, revitalizadora, a veces, y siempre extenuante) de leerme todas y cada una de mis líneas.

Encontré que mi estilo ha ido variando con el paso de los años (mi primera crónica data de setiembre de 1997 como pueden comprobarlo si se dan un paseo por mi premonitoriamente bautizada página: www.buscoeditor.com).

Comencé como un pontificador que pretendía salvar a la humanidad de los males que la envenenaban y me largué con una parrafadas interminables de moralina en esencia (como el veneno o el perfume) que a mí mismo, a estas alturas de mi cinismo, me causan urticaria. Los primeros textos eran duros, insufribles, una pelma intragable donde se notaba la falta de práctica en esta forma tan caprichosa de cuasi literatura. Mis artículos delataban, sin la menor vergüenza, mi condición de tributario (regular, malo y pésimo, a decir de algunos sesudos críticos) de la poesía clásica. Componedor de sonetos que más de una vez me habían facilitado el mote de “pasadista” (u “old-fashioned” para estar al menos a la moda de decirlo “in inglish”), arribé al prosaico periodismo con la pesadez de un endecasílabo mal articulado y falto de ritmo.

¡Cómo puede cambiar uno con los años! Y con la práctica, claro. La mayoría de mis lectores han encontrado el producto mejorado, sólo unos cuantos sufridos se endilgaron las primeras insufribles notas sobre la maldad en el mundo, el sexo adolescente y el aborto, edulcorados con largas digresiones sobre todas las formas del amor (que entonces conocía mal, entendía menos que ahora y me tenía muy a mal trajear).

Pero el tiempo (y en esto hago un juicio carente en absoluto de humildad) jugó a mi favor y me dejó una verborrea que, si no me lleva a los altares suecos (con su milloncito de dólares incluido) me ha granjeado, al menos (y “al más”, para ser justo), la fabulosa oportunidad de conocer a los más diversos seres humanos alrededor del globo.

Así que supongo que han sido las más de doscientas crónicas que nos hemos conversado, las que me han permitido llegar a este estilo (¿a quién se lo habré robado?, juro que lo ignoro) que abre las puertas del diálogo y facilita la comunicación. Creo entender que no es una virtud eso de pasar de defensor de las ballenas a burlador de las ridiculeces nacionales, pero es más divertido. Antes, sentarse a escribir estas líneas era lo más tortuoso que podía ocurrirle a mi semana, hoy me pongo frente al teclado y me entretengo de lo lindo viendo cómo se llena la pantalla con palabras que se pelean entre sí para tratar de decir algo coherente en medio de mi contradictoria manera de existir.

Ahora, por ejemplo, son las siete de la noche. El colegio donde trabajo (y donde saben Dios o el Diablo si me renovarán el contrato) está vacío. Ya todos las profesoras se han ido a sus casas y deben de estar disfrutando de sus hijos o de sus nietos. Ha sido un día intenso, la dieta (que hoy mismo pienso violentar) no me ha permitido hacerme de unos chocolatitos para acompañar mi tarde, y las muchachas y los muchachos ya estarán disfrutando de la paz que me robaron durante el día (comprensible manera de enfrentar el tajante “hoy hay examen de dictado” con el que los recibí esta mañana). Sin embargo, estoy de buen talante y no me cuesta nada golpear las teclas de esta máquina que me dan la ocasión de conectarme con esa infinidad de amigos que escriben ya correos reclamando por mi inconstancia y mi flojera.

Todo ha sido culpa de este libro que, a decir de algunos de mis más incondicionales amigos, “va quedando pintadito”. Ya Benjamín, mi asesor de marketing, me ha dado algunas claves que, de seguirlas, aseguran mi ingreso al mundo de las exclusivas editoriales, las entrevistas en los diarios, las conferencias y la vida calma y pausada de los intelectuales, no de los tercermundistas (algunos de ellos mis más caros amigos, víctimas de la estupidez y de la ignorancia oficial y condenados a trabajar en cualesquiera cosas, distrayendo fuerzas a su inteligencia y a su talento, para pagar la renta y la tarjeta de crédito), ¡qué va!, sino de los que salen con caras de inteligentes en las revistas posando al lado de la piscina o en su exclusiva biblioteca frente al mar de Miami acompañados de su deliciosa esposa y diciendo una de esas frases para la posteridad que a mí nunca me salen. No les cuento mucho del asunto porque se pierde la gracia y entonces no irían a la presentación a pelearse los últimos ejemplares de una edición que se agotará apenas salida de la imprenta. Pero puedo adelantarles que he encontrado algunos temas que, de comunes, han tenido la bondad de poder reunirse en capítulos que pintan, con las carencias de mi pluma, esta sociedad limeña que me ha tocado vivir entre milenios (¿no suena la cosa importantísima?).

Veo que mis mayores obsesiones son el caos vehícular limeño, la vapuleada educación nacional, el matrimonio y las criolladas de mis paisanos. ¿Soy en el fondo un nostálgico? Puede ser. Mis recuerdos son la veta más socorrida en mis escritos y hay un puñado de crónicas (que guardo celosamente para el próximo libro que mis delirios sueñan) que me abruman con la cantidad de memorias y emociones que me traen.

En fin, no es cuestión de aburrirlos de saque en esta nueva etapa de escribidor ad honorem. Muchas cosas me han pasado en verano, he conversado con taxistas, me metí a la natación, empecé un curso de dramaturgia, me fui una semana a la playa, estuve en clases de inglés y vi y digerí una serie de historias que espero trasladarles sin perder la amistad ni la confianza de nadie (¿no saben mis amigos que en todo escritor hay un infidente?).

Ahora, cierro estas líneas, les mando un abrazo virtual y binario y me despido, no sin antes saludar a todas las benditas mujeres por su día internacional (que bien merecido se lo tienen por aguantarnos tanto).

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P.E: Ah, si por ahí lee estas líneas uno de esos intelectuales famosos (los de la casa con piscina, por supuesto), le rogaría que me facilite el número de su editor; el mío, al que hace varias semanas le di mi manuscrito, no me contesta el teléfono… Es seguro que está de vacaciones.

©José Luis Mejía

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