Ir a: [ contacto ] [ libros ] [ inéditos ] [ crónicas ] [ blogs ]
Libros publicados: [ lit. infantil ] [ lit. juvenil ] [ poemarios ] [ licitaciones ]

Cartas a María Elena

Alfaguara, serie roja, Lima-2006, 183pp.

INGRESE A ESTE ENLACE SI DESEA ADQUIRIR: CARTAS A MARIA ELENA, Alfaguara, Lima-2006
Entrevista radio "Nederland"
[ESCUCHAR ENTREVISTA]
Entrevista diario "Correo"
Entrevista diario "Expreso"
Entrevista diario "El Peruano"


Si desea adquirir
"Cartas a María Elena",
ingrese al siguiente enlace: WWW.PERUBOOKSTORE.COM

a manera de explicación

Conocí a María Elena hace ya varios años. Ella fue mi alumna en uno de los tantos cursos de literatura que tuve a mi cargo en casi dos décadas como profesor. Era callada y tímida, amable y respetuosa, tenía la habilidad de pasar desapercibida y, durante algunas semanas, no dio muestras de un mayor interés por la materia, aunque no solo cumplía con los ejercicios y las redacciones sino que lo hacía de manera destacada.

Yo tenía la costumbre de empezar cada una de mis clases leyéndoles a mis alumnos un poema. Iba, sin otro orden que mis preferencias y mi ánimo, atravesando arbitrariamente la historia de la poesía. Algunas obsesiones me perseguían y pronto mis viejos estudiantes le avisaban a las promociones siguientes cuáles eran. Borges estaba (está) en la cumbre de todos, su poesía la leí tanto y hubo poemas suyos que repetí con tanto entusiasmo que algunos de mis alumnos aún hoy se los saben de memoria. Después, el Romancero y el Siglo de Oro y, también, las dos maravillosas generaciones españolas: la del 98 con los Machado, y la del 27 con Lorca y Hernández, esos monumentos. De América, los fundadores González Prada, Martí, Chocano, Darío y Vallejo.

Esos cinco minutos no eran otra cosa que repetir con ellos lo que mi padre hizo por años en la mesa familiar. Abrir un libro de poemas, buscar al vuelo aquel que tenía la marca que lo señalaba como especial y leerlo con esa voz pausada, con esa tranquilidad, con ese tiempo que le daba el espacio y la cadencia suficientes para apoderarse de nuestra atención. Así lo hacía mi padre con nosotros, así lo hacía yo con mis alumnos.

Una mañana, repasando la clásica Antología de la poesía peruana que Alberto Escobar publicara en la década del sesenta, me topé con Juan Gonzalo Rose, un exquisito poeta de la llamada "Generación del 50" y, en especial, con un poema suyo que siempre le llamaba la atención a mis alumnos, "Las cartas secuestradas". Leí el poema, todos guardaron silencio y luego estuvimos conversando un rato de las diferencias que había entre las viejas cartas y los modernos correos electrónicos. Fue tan interesante el intercambio de opiniones que dediqué toda la clase a explicar qué era una carta, cuáles sus elementos y cuál había sido mi experiencia personal escribiéndolas y recibiéndolas en mi juventud. La tarea de esa tarde fue muy sencilla, tenían que escribir una carta. El destinatario y el tema eran libres, sencillamente había que expresarse en ese formato tomando en cuenta que ni sería leída de inmediato ni tendría una respuesta inmediata.

Al día siguiente fue muy divertido escuchar la lectura de mis alumnos, algunos le escribieron a sus padres, otros a la Divinidad, un grupo de chicas a sus artistas favoritos, un buen número de muchachos a los futbolistas de moda y no faltó la siempre socorrida carta a Papá Noel. Era un grupo muy creativo y fue una jornada realmente amena. Solo me llamó la atención que María Elena, que siempre realizaba magníficos trabajos, se disculpara diciendo que había entrenado toda la tarde y que le había sido imposible cumplir con la tarea. Iba a empezar con el "largo discurso sobre la adecuada distribución del tiempo en los jóvenes" cuando la campana dio por terminadas las clases. Los alumnos me miraron con rostros compungidos temerosos de perder quince minutos de su tarde y yo, débil al fin, los liberé de la tarea de escucharme.

Todos se marcharon y María Elena, que generalmente salía rápido porque la esperaba la camioneta para ir a sus entrenamientos, se demoró revisando distraídamente unos papeles. Cuando la clase estuvo vacía se acercó a mi escritorio con un sobre en la mano y me lo entregó diciendo "lo siento, no pude leerlo en público". Inmediatamente, antes que yo pudiera decir algo, se marchó.

Abrí el sobre. Dentro de él había un papel escrito a mano con una caligrafía hermosa y una delicadeza emocionante. Allí me contaba quién era, qué hacía, qué deporte practicaba, qué cursos le gustaban más y cómo le tenía espanto a la matemática. Me hablaba de ella con la familiaridad de un amigo y me decía que le hubiera encantado tener un padre como el mío que le leyera poemas, que el suyo era muy bueno pero que, "como buen ingeniero, es muy práctico y está siempre ocupado". Terminaba diciendo que le había encantado el poema de Rose y que la llenaría de satisfacción, alguna vez, "ser ese cartero de los tristes para que también ellos puedan ser felices".

Nunca más se habló del tema. Ni ella lo mencionó ni yo lo saqué a relucir, pero desde aquel día no hubo ocasión que ella no aprovechara para pasar por mi clase, intercambiar algunas palabras, contarme algunas anécdotas y preguntarme por esto y por lo otro con una curiosidad infinita y unas ansias de saber tan nobles como inagotables.

Así pasó gran parte de ese año. Conversábamos, casi siempre en los recreos, mientras yo devoraba una hamburguesa y ella comía su ensalada. Los temas eran variados aunque siempre versaban sobre los asuntos que llenan de curiosidad a los jóvenes. Poco a poco, las que empezaron siendo las charlas del viejo profesor se convirtieron en inacabables diálogos sobre sus padres, sus estudios, sus amigos y sobre todo el mundo nuevo (temible y fascinante) de la adolescencia.

Un día, cuando el año terminaba, una carta inesperada vino trayéndome noticias. Una universidad del extranjero me ofrecía la cátedra de Literatura Americana y, con ello, el tiempo suficiente para desarrollar una serie de proyectos editoriales que las obligaciones en la escuela me habían hecho ir postergando. Lo que pensé que iba a ser causa de alegría se convirtió en una profunda tristeza para María Elena. Me dijo que no sabía con quién iba a conversar ahora y que la estaba abandonando justo cuando necesitaba más mis consejos.

El apuro de la mudanza, los papeleos y las mil despedidas me distrajeron por completo, esas últimas semanas fueron vertiginosas y comenzando diciembre, cuando concluyeron los exámenes finales, entregué notas y dije "hasta pronto" a todos. Hubo una ceremonia especial donde las autoridades reconocieron los años que había dado al colegio y mis alumnos organizaron una fiesta en la que estuvieron todos, menos María Elena.

Al llegar a mi destino estuve un par de meses arreglando papeles, estableciéndome, realizando los contactos necesarios para empezar con mi labor y ordenarme un poco en medio del caos de la mudanza. No era la primera vez que me iba a vivir al extranjero pero los años me habían vuelto, como dice Cervantes, "poltrón y perezoso".

Cuando estuve ordenado en mi nueva vivienda y una vez que me adapté a la novedad de mi rutina, empecé a reconstruir los lazos que me unían a mi patria. Empecé a escribir muchos correos electrónicos y volví a enterarme de lo que sucedía en mi vieja ciudad. Revisando los libros que me acompañaron en el viaje hallé la Antología de Escobar y no pude no pensar en María Elena. Me sentía culpable de haberla abandonado justo cuando había encontrado a alguien que la rescatara de su timidez y de su silencio.

Entonces decidí escribirle. Hice veinte borradores y finalmente acepté, en el propio tribunal de mi autocrítica, enviarle el texto que me pareció mejor. Debo confesar que lo hice con temor, que entre las posibilidades que se abrían estaba claro que su silencio definitivo era una de las más serias.

Felizmente me equivoqué, veinte días después me llegaba un sobre con mi nombre caligrafiado con esa hermosa y para mí inconfundible letra. Desde ese momento retomamos una conversación que duró años y resistió malos ratos, opiniones encontradas, silencios peligrosos, mudanzas, regresos, ausencias, distancias y lejanías.

Ha pasado ya algún tiempo y María Elena es hoy una mujer extraordinaria con la que todavía converso largas horas sobre temas infinitos. En uno de esos diálogos recordamos cómo nos conocimos, el poema de Juan Gonzalo Rose, mi viaje y las primeras cartas. Ella me sugirió que las publicara, "cuántas María Elenas habrá en el mundo esperando que alguien las adopte, que alguien les dedique su tiempo, que alguien les escriba como me escribiste a mí cuando era una muchacha".

Yo no había guardado copias y, en algún momento, entre apuros y mudanzas, angustias e incertidumbres, tuve que deshacerme de muchos de mis libros y de mis archivos. En nombre del profundo respeto que siempre le tuve (y que le sigo guardando) destruí sus cartas porque supe que esas no habían sido hechas para ser leídas por otros ojos que no fueran los míos. Ella, en cambio, había conservado, ordenadas con la rigurosidad de su afecto, todas y cada una de las cartas que yo le escribí.

A los pocos días de nuestra conversación, tuve en mis manos un primer paquete acompañado de esta nota escrita con esa caligrafía cálida y hermosa que me sigue emocionando: "Esto es lo que en mi archivo he guardado bajo el título de "Primera Jornada", he llorado, feliz, releyéndolas. Ahora, más que nunca, estoy segura que muchos jóvenes, muchachas y muchachos, hallarán en ellas eso que me salvó de los abismos".

El paquete contenía dieciocho cartas y un viejo y amarillento cuadernillo de poemas que me devolvió de pronto a los tiempos en que yo también abandonaba mi propia adolescencia. He releído todo y, casi sin otras modificaciones que unas comas lo entregué a la editorial junto con esta explicación que estás leyendo, con entusiasmo y curiosidad, tú que has abierto las páginas de este libro.

No te demoro más. Desde este lado del mar, justo cuando comienza a florecer la primavera.

Lejos y cercano,
JL