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Cuídate, Claudia, cuando esté conmigo

Alfaguara, serie roja, Lima-2006, 183pp.

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a manera de explicación

A mí la juventud me pasó de largo, como el bus ése, que arranca justo cuando llegamos a la esquina porque el chofer no tiene la menor intención de esperarnos. Al comienzo uno acelera el paso, saca fuerzas del sueño que aún se apodera de los músculos y corre, corre como un loco agitando el brazo porque cree que el conductor se va a apiadar de nuestra tardanza, de nuestra lentitud, de nuestro cansancio precoz y madrugador que nos aconseja quedarnos en la cama, abrigados y protegidos por nuestros sueños, cuando todos los demás se van a esas clases aburridas e interminables en las que se aprenden nombres, fechas, fórmulas y cuentos que con el tiempo suelen convertirse en pesadillas. Uno corre desesperado y no sirve para nada, el bus no se detiene. Luego de varios intentos, queda claro que correr es inútil, que el vehículo nunca parará y que uno o se levanta temprano o está condenado a llegar tarde toda la vida.

Que nadie diga que esto es un lamento, porque ¿quién escribe un libro para lamentarse, para quejarse como si otro tuviera la culpa de nuestro frío, de nuestra flojera o de nuestras tardanzas?, ¿quién le dice a sus amables lectores -voluntarios o compelidos-, en las primeras líneas, así, sin consideración alguna, que su vida fue un paradero vacío con el bus que nunca tomamos perdiéndose a la distancia o, ya sin metáforas, una rutina tediosa y repetitiva que no condujo a ninguna parte? Porque eso de pasar por el mundo sin novedades, sin extremos, sin pasiones, hundido en el gris opaco de lo intrascendente, eso sí que es tedioso, no para uno que lo vive (o que lo sobrevive o que lo sufre), sino para los demás que se han tomado la molestia de comprarse la novela para fisgonear deliciosamente en nuestra existencia (fisgonear, linda palabra, tan exquisita como compelido, búscalas de una vez en el diccionario que puedo apostarte que el profesor de literatura las va a incluir en el examen de "definiciones" que te tomará cuando termines de leerme).

Es sabido que nadie se inmiscuye en las vidas ajenas para que el protagonista le cuente qué desayuna, cómo se viste o cuál es su pasatiempo favorito, todo eso es común y silvestre, vulgar y pedestre (otra fija), es decir, nadie se toma la molestia de leer las páginas de un libro sólo para enterarse de lo que ya sabe A la gente le gusta lo diferente, lo extraño, lo extraordinario, lo que se escapa -por la puerta o por la ventana- de la cárcel formal de lo cotidiano; gusto que se explica porque la rutina aburre, porque es eso que hacemos todos los días, eso que se repite en nuestras vidas y, ¡vaya uno a saber por qué!, nuestras vidas no suelen parecernos interesantes, mientras que lo ajeno nos fascina, nos parece novedoso, nos aleja de la cotidianeidad y de su hartazgo, nos remite al fabuloso mundo de la fantasía, de la imaginación y de los relatos heroicos de nuestra infancia. Si el personaje principal de la novela que estamos leyendo desayuna clavos o se viste con ropas ridículas, con periódicos, con trapos o sencillamente no se viste, si sus pasatiempos son tan variados y gratificantes como atormentar al vecino con gritos obscenos o coleccionar serpientes o arañas o cucarachas, entonces el asunto se pone más interesante y se consigue el sueño de cualquier escritor: la completa atención del lector.

Por eso insisto en que lo del paradero no es un lamento ni es tampoco un lugar común, aunque lo parezca. Allí reside la grandeza de la literatura (o su pretensión): conseguir que algo simple, sencillo y repetitivo, como tomar el bus (o tratar de hacerlo y fallar diariamente en el intento), se convierta en un asunto interesante para quienes se internen en la historia del estudiante que jamás llega a tiempo a clases y que, a partir de esa experiencia, sentirá, percibirá o sabrá, que siempre, siempre, estará moroso en esta vida. Además (y perdóname la franqueza), considero que todo tipo que llega a la conclusión de que su vida fue un paradero al que se llega irremediablemente tarde y no se arroja a los rieles del ferrocarril (si es que el ferrocarril aún pasa por su pueblo), merece ser escuchado o leído. Algo tendrá que decirnos; al menos, eso creo, aunque últimamente mis creencias y la verdad anden ligeramente divorciadas.

Negarse a contarle una historia medianamente llamativa al que tiene claras expectativas de leer un texto que le diga algo interesante de alguien, sería una estafa. Pero, más aún, sería una falta de respeto; sería considerar que quien tiene este libro en sus manos es torpe y no se va a dar cuenta de nada o que arrastra algún complejo (de esos que nacen en la adolescencia) y se va a quedar allí en el asiento, quieto y sin reclamar, cuando la editorial se ha tomado la molestia de colocar en la contra carátula eso de "este es un libro indispensable para los jóvenes". Asumir que, porque los lectores son adolescentes, se les puede avasallar o timar como si fueran ilusos irredentos (¡otra!) o tímidos sin capacidad de protesta es, por decir lo menos, ingenuo (y, por decir lo más, insultante).

(Entre paréntesis -y ésta es una manía que heredé de mi padre que abría paréntesis en sus discursos y paréntesis de paréntesis y sólo conseguía continuar el hilo de sus ideas porque mi madre ejercía el oficio de amorosa apuntadora aunque, claro, ahora sin ella, abuso de las ventajas de la tecnología que me permite escribir mi relato en esta pantalla en la cual voy construyendo la historia que te cuento si extraviarme porque puedo volver sobre mis palabras, mirar líneas arriba y corregir cada vez que me pierdo en medio de mis disquisiciones-; decía que, entre paréntesis, me siento obligado a confesarte, ahora que me has leído algunas páginas y ya que estamos en confianza, que lo que se dice en la contra carátula es parte de un texto que yo mismo le escribí al editor cuando él me llamó por teléfono y me confesó medio desesperado que no sabía qué presentación hacer de este libro que le gustaba pero le confundía y que debía entrar a imprenta "de inmediato". Con esa voz impasible de viejo negociador me dijo, me ordenó, casi gentilmente: "Escríbete un texto vendedor". No vayas a creer que te cuento esto para que te decepciones ni para que te molestes, todo lo contrario, la vida está llena de desengaños y éste no deja de ser uno simplón, sencillo e intrascendente, que te presto como para que te sientas más cómodo. Además, una vez que sabes (y lo sabes porque ese curso ya lo pasaste hace tiempo) que la literatura es "ficción" y que la ficción es la "acción o efecto de fingir" y que fingir es "dar a entender lo que no es cierto" y que eso no es sino un circunloquio delicioso para decir que la literatura es mentira, entonces te vuelves tolerante con los inventos que hacemos nosotros, los escritores, para que tú, mi circunstancial lector, no te aburras. Ahora bien, ese "texto vendedor" que escribí para la contratapa, seguramente fue -acá viene lo más triste, no tanto para ti como para mí que me pasé meses pensando en cada palabra- lo único que leyó tu mamá en la librería antes de comprarte "esta joya que ayudará a su hijo a comprender su propia adolescencia". Claro, la frase tampoco es de ella sino que es, más o menos, lo que le dijo, con entonación profunda de psicólogo de escuela, el encargado de la librería mientras la miraba paternalmente, como quien da su mejor consejo -y acá siguen las decepciones- no porque estuviera convencido de la virtud de la novela -dudo que haya leído este libro con el centenar de títulos nuevos que recibe cada semana- sino porque la curvilínea, coqueta y simpatiquísima promotora de la editorial se lo reveló entusiasta antes de dejarle medio ciento de ejemplares con la esperanza de que tu madre y las madres de todos tus amigos los compraran pronto. De esa manera la librería tiene una buena venta, el vendedor y la promotora hacen bien su trabajo, la editorial se mantiene feliz y yo puedo realizar el milagro de vivir de lo que escribo sin tener que pasarme la existencia corrigiendo los errores y horrores de otros o dictando interminables clases de cualquier materia que no me apasiona. En fin, a toda esta cadena de razones -o excusas o motivos- para que tus padres compren mi libro le llaman marketing y, sí, es un anglicismo, o sea es una de esas palabras extranjeras que no le gustan a tu profesor de literatura que se queja amargamente porque "cada vez hablas peor el idioma del pobre Cervantes"-).

"Este es un libro indispensable para los jóvenes", algo así debieron decirte para que te sientes a leer mi novela y no vayas a hacer cualquier otra cosa más interesante como comerte un pollo a la brasa, escuchar música frenética o salir a dar vueltas por cualquier parte con tus amigos (claro, siempre es posible que te dijeran "lee el libro o no sales", un método poco pedagógico pero altamente motivador, según se ha comprobado). No es imposible tampoco que alguien saliera con esa famosa frase que anuncia que "los libros son tus mejores amigos"; no te sientas mal si la oración no te dice nada, es sólo una frase efectista, un juego de palabras, un malabar, un fuego artificial que intenta llamar tu atención; es una sentencia muy buena, no lo niego, pero no creo que sea verdadera o, al menos, no creo que sea toda la verdad.

Sí, sí, es cierto que la literatura me ha acompañado durante toda la vida y es cierto que es gracias a esa literatura que tú y yo estamos acá tratando de entendernos. También es verdad que un libro jamás te dirá "no tengo tiempo" o "no tengo ganas" o "estoy ocupado" o "no estoy de humor", ni inventará razones para no verte, ni te defraudará, ni guardará silencio cómplice o cobarde cuando se necesiten sus palabras. Pero un libro no puede acompañarte al parque a jugar con la pelota ni puede estar contigo cuando tocas el timbre de la chica o del chico que te gusta, ni puede abrazarte, ni puede llorar contigo. Un libro tampoco puede abrazarte o darte ánimos cuando la marea incierta de los amores -esos mares del sur-, quién sabe por qué cóleras o por qué dolores escondidos, se embravece, se agita y sacude el barco con ímpetus salvajes hasta naufragarlo.

Aunque he confesado que se me pasó la juventud como ese bus que nos abandona cada mañana, debo decir que no por eso dejé de vivir y de experimentar (comprendí con paciencia que es cierto eso de "más vale tarde que nunca" y que "el que persevera alcanza", aunque no siempre sea a tiempo y no siempre sea lo que anhelamos). Fue en ese aprendizaje, duro pero nunca estéril, que entendí, por ejemplo, que mis mejores amigos son de carne y hueso, que cometen errores y dicen tonteras, tantas que más de una vez me he preguntado qué hago perdiendo el tiempo conversando con ellos cuando no nos entendemos y parece que jamás podremos ponernos de acuerdo. Pero ellos continúan allí, persistente, tercos e inamovibles, leales. Allí están, en las buenas (siempre y todos) y en las malas (casi siempre y muy pocos), están allí y me divierten y los divierto y nos divertimos y la pasamos bien aunque vivamos lejos, aunque nos veamos poco, aunque seamos fanáticos de distintos equipos de fútbol y nos lancemos generosos y amables insultos cada vez que se enfrentan nuestras selecciones… (No puedo con mi genio, ésta es otra mentira, no me gusta el fútbol, todos saben que jamás me ha gustado, pero el ejemplo es bueno porque de fútbol entendemos todos, aunque no nos guste).

Se me ocurre que cuando tu mamá te dijo eso de que mi libro "te ayudará a comprender tu propia adolescencia", tú la habrás visto con cara de "sí, mamá, claro", con esa misma mirada que yo le lanzaba a mis padres cada vez que me fusilaban o redimían con una de esas frases inmortales.

Cuando releo estas páginas y me encuentro con la palabra "adolescencia" pienso que tú la lees y empiezas a incomodarte. Se me ocurre que desconfías como siempre que viene un adulto a decirte que te entiende, que él vivió lo mismo, que todas las vidas son iguales, que mejor no cometas sus errores y toda esa monserga -amorosa, probablemente solidaria, mayormente cierta, pero monserga al fin- con la que los grandes torturamos a los jóvenes y con la que a su vez, los grandes de antes nos torturaron a nosotros, y con la que tú, inevitablemente, torturarás a tus hijos.

Yo creo que se equivocan, que no puede ser, que es imposible que ellos entiendan lo que experimentas, lo que sufres o lo que gozas, yo no puedo entenderlo. Sí, de seguro que ése que dice comprenderte vivió "su" adolescencia, pero la "suya" no es la "tuya" ni fue la mía. Así que mejor apréndelo ahora para que te ahorres discursos cuando seas padre o madre: te aseguro que te puedes sentir muy mal por esa chica que te ignora o por ese chico que pasa a tu lado sin hacerte caso, pero no vas a sentir jamás, ¡jamás!, lo que yo sentía cuando Claudia cruzaba en medio del patio, hermosa y radiante, única e inconfundible, y no me hacía caso, no me miraba, ni se enteraba que yo estaba allí con el corazón retumbando y persiguiéndola con la mirada. Claudia, la más bella de las muchachas, la más dulce, la más inteligente. Si la hubieras visto, si la hubieras escuchado, aún si hubiera sido tu amiga, no entenderías lo que yo sentía cada vez que la veía andar, distinguida y ajena, por los corredores, cada vez que se reía, cada vez que me quedaba idiotizado mientras cruzaba el patio con ese porte de reina, con esa actitud de soberana, con esa serena elegancia que todo lo dignificaba. No, no puedes entenderlo y no podrías comprenderlo nunca, así que yo tampoco te entiendo ni pretendo hacerlo porque sería imposible (o sería una mentira de esas con las que yo ejerzo la literatura). Ningún adulto puede comprender cabalmente lo que le pasa a un adolescente por la simple razón de que cuando llega el tiempo del entendimiento se acaba la adolescencia ipso facto y de inmediato nos son vedados los secretos de la juventud.

En este punto me doy cuenta de que tengo un problema, que ignoro tu género, como ignoro tu edad, como ignoro tu cara, como ignoro tu gesto. Puedes ser hombre o puedes ser mujer, puedes ser lo que puedas ser o lo que quieras ser y eso nunca lo voy a saber. Creo que ese no saberte, no poder -aunque quisiera- suponerte o sospecharte o reconocerte, es una de las gracias y desgracias de los libros, porque quienes los escribimos no tenemos la menor idea de quién va a leernos. Podemos pretender, por ejemplo, como yo quise al escribir este texto, que nuestra novela la lea una persona joven, de sexo masculino, entre los quince y los dieciocho años, pero, sin embargo, puede ser que en este momento me esté leyendo Militza para ver si aproveché su historia para hacer una novela o Nicolás para saber si he cometido alguna indiscreción y he revelado sus secretos de conquistador de barrio o, quién sabe, puede estar leyéndome Claudia -sí la misma maravillosa Claudia que me ignoraba tan distraídamente en mi juventud- para ver si, como se lo juré esa tarde infame, terminé vengándome de todo mi desorbitado -y deshabitado- amor adolescente, contando las intimidades de medio mundo y, sobre todo, las suyas, esas muchas que me confió cuando después de tanto empeño me dio el más amargo de los regalos que puede ofrecerse a un hombre enamorado; me hizo su mejor amigo. Como el asunto de tu identidad es, pues, un problema irresoluto e irresoluble, pretenderé ignorarlo como hace mi amiga Mati, que se baña en la playa siempre mirando la arena para disfrutar el momento y no andar preocupándose de las olas hasta que las olas lleguen (y siempre llegan).

Volvemos, entonces, al punto en que leíste "adolescencia" y pensaste "otro libro aburrido que me dice que todo lo que hago está mal" y decidiste dejarlo porque "adolescente", (esa palabra que a veces habrás sentido como un insulto o como una descalificación), afirman (los que nada saben) que deriva de "adolecer", o sea, de carecer de algo, no tener algo, es decir, que tú estás incompleto. Situación que, dicho sea de paso, ya no me concierne ni me incumbe, porque como yo "ya la entiendo", ergo, ya no estoy "allí" o, peor, estoy "acá", en esta época indefinida de la existencia humana que llamamos adultez (palabreja de espectro tan indefinido que para tus padres empieza justo cuando debes quedarte a cuidar a la hermana menor, para tu abuela nunca porque siempre serás "el bebé" de la familia, para el estado cuando te dan un documento que te hace culpable de todo lo que antes era responsabilidad de tu papá, y para ti sólo cuando te conviene, cuando necesitas que te den permiso para ir a la fiesta, manejar el carro, fumarte un cigarrillo, tomarte una cerveza o llegar tarde, porque para todo lo demás te encanta la idea de seguir siendo el sobreprotegido centro de atención de la casa). Entonces, cuando te espetaron eso de "adolescencia" debiste molestarte y pensar "no voy a leer a este tipo", sin embargo, acá estamos y lo único cierto, tan cierto como que van tus ojos recorriendo estas líneas, es que "algo", un no-sé-qué donde reside la mágica cara de la literatura, te movió a abrir el libro, darle una mirada, empezar a descubrir mis palabras y quedarte conmigo en este camino que se me hace muchas veces cuesta arriba porque, claro, como comprenderás, no es nada sencillo andar desvistiendo mi vida frente a ojos ajenos, ojos extraños de los cuales jamás tendré la idea, la luz o la mirada.

Me animo a creer que fue esa parte que dice que mi novela está "llena de humor y de ternura" la que te empujó a leerme; si eres hombre, asumo que el humor te movió; si eres mujer, la ternura. Claro, luego empecé con eso del bus que se pasa de largo y tú pensaste "yo voy caminando al colegio" o, peor, "a mí me lleva mi mamá" y ya ibas a castigarme con el sencillo gesto de cerrar el libro cuando empecé a explicarte todo esto y tú te quedaste "pegado" a un texto que, de alguna manera, no tiene las formas tradicionales a las que tú estás acostumbrado en tu clase de Literatura. Sé que el profesor te ha hablado de los escritores de manera muy elocuente y estoy seguro de que te ha narrado sus hazañas personales o literarias y ha evitado contarte sus miserias (humildemente creo que él comete un error, porque no hay nada más interesante para un desinteresado alumno de literatura que las miserias personales -y literariamente intrascendentes- de los autores, ¿sabes por qué?, por una razón muy sencilla, un joven no soporta que lo que se le da a leer sea producto de una mente extraña, de un sujeto especial, de alguien "raro" o "especial"; no, para nada, los jóvenes quieren saber que el autor al que soportan o gozan vivió como ellos, sintió como ellos, lloró, rió, trató, agradeció, maldijo y cometió, como todos ellos, como tú y como yo, mil errores y mil fallas, esas pequeñas miserias, esos ingredientes indispensables que nos hacen seres humanos).

Sé que es difícil clasificar este texto y de seguro que tu profesor ha dicho "narrativa autobiográfica" cuando bien pudo decir "ficción especulativa" o "biografía novelada"; en todo caso, no importa. ¿Te sorprende? Las clasificaciones no existen a priori, son construcciones a posteriori que los académicos utilizan para simplificar su estudio y su enseñanza. Recuerdo que mi padre se reía cuando en el colegio me hacían memorizar eso de que la Edad Media empezaba con la ocupación bárbara de Roma en el 476 o que la Contemporánea se iniciaba en 1453 con la toma de Constantinopla por los turcos, "esas fechas son arbitrarias -me decía sonriendo- son hitos que se marcan para que sea más sencillo el estudio, pero jamás son compartimentos estanco, líneas divisorias inalterables o límites infranqueables, sólo se trata de momentos que, por su trascendencia, nos indican que algo está terminando y algo comienza…". Igual sucede con la literatura, esa división forzada entre prosa, poesía y teatro no es sino una manera menos complicada de entender el fenómeno de la escritura. Sin embargo, hay decenas de divisiones y subdivisiones y todas se intersecan y se confunden o, mejor dicho, se acompañan y se ayudan, colaboran entre sí.

Pero no es este un manual para abolir manuales de literatura ni pretendo sentenciarme diciendo que este libro es eso o no es lo otro o cabe dentro de esta definición pero repudia aquella, eso sería imitar al hombre que por huir de un bandido termina convirtiéndose en el jefe de una banda de ladrones. Ignoro, a estas alturas de mis palabras, lo que voy construyendo. Yo mismo me sorprendo pensando y repensando los párrafos que ahora lees y no sé cómo abordar todavía el hecho concreto de mi adolescencia ahora que los recuerdos se enredan en la distancia del tiempo.

Lo único que tengo claro es que empecé estas líneas porque quise hablar de Claudia. Claudia, Claudia, ángel y guardián de mi adolescencia, amor y pena, revelación y castigo. Claudia, la única razón de mi literatura, la única razón de mis palabras.