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Imperial

Alfaguara, serie roja, Lima-2008, 103pp.

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I.- LA MUERTE

Todo empezó cuando un día
el joven José Miguel
sufrió una traición tan cruel
que la vida le dolía.
A la mujer que quería
la mataron sin piedad,
con tanta saña y maldad
su cuerpo lo destrozaron
que hasta las bestias quedaron
espantadas de verdad.

Murió la joven doncella
y con ella la alegría,
todo el pueblo se dolía
por la muerte de la bella.
En el cielo cada estrella
se apagó por un momento
quedó negro el firmamento
por un eterno segundo
y lloró de pena el mundo,
así como se los cuento.

Por ordenanza real
se buscó a los asesinos
en los bosques y caminos
con vehemencia sin igual.
La misma Corte Imperial
ordenó a cien Cazadores
buscar a los malhechores
y darles muerte violenta
para vengar tal afrenta
y aliviar tales dolores.

Se buscó calle por calle,
en cada casa y rincón,
en cada plaza y salón,
en cada camino y valle.
No se omitió ni un detalle
en la humana cacería,
pero al fin de cada día
la búsqueda fracasaba;
ni una pista se encontraba,
ni un testigo aparecía.

Noventa días después
el Gran Jefe Cazador
se presentó a su Señor
y le dijo: «Inútil es.
Al derecho y al revés
de este reino hemos buscado,
nadie —labriego o soldado—
ha conseguido una pista
es en vano que se insista
dejemos esto olvidado».

«Nunca vamos a encontrar
lo que se tragó la tierra,
el hado —que nunca yerra—
no ha señalado un lugar.
Es la aguja en un pajar,
es la arena en el desierto;
lo que está muerto está muerto
y lo escrito ya está escrito,
es malo cambiar el rito
y descubrir lo cubierto…».

Pensaba el Emperador
en lo que le dijo el hombre,
tan leal como su nombre,
hijo suyo y Cazador.
«Con un profundo dolor
por la venganza incumplida,
con el alma adolorida
declaro a los asesinos
perdidos por los caminos
crueles que tiene la vida».

«Haremos un monumento
a la bella asesinada
y en él clavaré mi espada
como un eterno lamento.
Por compensar el violento
dolor de Miguel, el noble,
habré de sembrar un roble
para cubrir sus tristezas
y sus tierras y riquezas
habrán de aumentar al doble».

Por un segundo el ambiente
fue silencio contenid
la sala sorda, sin ruido,
enmudeció penitente.
La hechicera de repente
hizo estremecer el mundo
cuando desde lo profundo
de la Cámara Imperial
gritó con voz infernal:
«¡Esto es ruin, esto es inmundo!».

Una explosión no pudiera
haber hecho mayor daño.
Con paso torpe y extraño
se acerca al trono la fiera.
El Rey en silencio espera,
la bruja avanza pausada,
y sin bajar la mirada
se arrodilla, con respeto,
donde el monarca está quieto,
y habla serena y calmada:

«Un instante solamente
le pido a su Majestad
para contar la verdad
que silencia tanta gente.
La niña murió en la fuente
en defensa de su honor
cuando un monstruo destructor
quiso abusar de la bella…
¡La muerte de la doncella
es culpa del Cazador!».