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DE CORDILLERAS Y ALEVINES / Carlos Aránguiz Zúñiga / n°6



Carlos Aránguiz Zúñiga
De Cordilleras y Alevines


Contenido

PRESENTACION
Carlos Aránguiz Zúñiga
CORDILLERAS GRINGAS
-La Gran Manzana
-Manhattan
-A la hora del lunch
-Quinta Avenida
-Ocean Driver
CORDILLERAS SUDACAS
-Amazonas
-Queulat
-A propósito de la muerte de Teillier
-Poesía
-Osamentas
-Cordillera de la Costa
ALEVINES
-Alevines
-Injusticia justiciera
-Rencor
-Paisaje
-En ti
-Frente a Isla Tenglo
-Cartagena de Indias




PRESENTACION

CARLOS ARANGUIZ ZUÑIGA (Antofagasta, CHILE, 1953)

Carlos Aránguiz es uno de los más importante escritores de la provincia chilena y uno de los pocos que ha alcanzado notoriedad en Santiago. Ha publicado Desde Aysén y otros casipoemas (Santiago, ediciones El Jabalí, 1995), un libro sumamente íntimo donde el poeta descubre, para el lector, la riqueza espiritual de los hombres que habitan una de las regiones más australes del planeta, hombres que no han cedido a la dureza del medio y del olvido.

De Cordilleras y Alevines, representa una visión más cosmopolita, una apertura de fronteras, un reconocerse no sólo en el lugar donde se mora, sino en todas partes, como miembro de la gran comunidad de los seres humanos. En un proceso que va desde la sonrisa, entre inocente e irónica, con que nos pasea por las calles de Nueva York, hasta los versos intimistas de melancolía y ausencia -que miran siempre al sur-, donde sólo el amor y la entrega pueden hacer soportable la miseria humana, la soledad y el desamparo, Carlos Aránguiz, nos convida a unirnos en su maravilloso viaje de esperanzas e ilusiones.

También ha incursionado, con notable éxito, en la narrativa y ha publicado dos ediciones de Cuentos de la carretera austral (Santiago, ediciones El Jabalí, 1991 y 1992); la novela corta Aysén: la estación del olvido, también en dos ediciones, (Santiago, ediciones El Jabalí, 1992 y 1995); y Cuentos Bioceánicos (Osorno, ediciones de la Universidad de Los Lagos, 1997).

Obstinado promotor literario, ha colaborado en la fundación de diversas publicaciones y grupos culturales. Con una activa participación en concursos y eventos regionales, ha obtenido varios premios por sus cuentos y poemas. En la actualidad, es el editor general de la revista chileno-argentino-peruana "Francachela", abanderada de un ambicioso -y maravilloso- proyecto de integración latinoamericana.



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CORDILLERAS GRINGAS

La Gran Manzana

No en el segundo piso de ese almacén de chinos
de la Tercera Avenida próximo a las Naciones Unidas
donde pesaban la comida casera en una balanza arreglada
ni en la tienda de lentes ópticos de Broadway
en que los latinos hablaban sólo el inglés.
Tampoco en las Torres Gemelas donde el viento
se abrocha el impermeable en otoño
y usa bufanda de cachemira
para no irritar su garganta de mirlo
y su terrible voz de gato enfermo batiéndose
en los callejones de Wall Street.
Las veredas de la Gran Manzana están parchadas
como las de Santiago de Chile
y el asfalto tiene el mismo olor a miedo y a petróleo.
Yo andaba a tropezones, un tanto pasado de copas
mordiendo las vidrieras de algunas tiendas cerradas
cuando Dios me tomó por el brazo.
Bebimos unas cervezas en un cafetín barato  del Soho
y nos fuimos caminando hacia el Norte
un poco borrachos y dicharacheros.
Me preguntó que cuándo había llegado
y yo quise preguntarle lo mismo
porque me di cuenta que no recordaba el momento
en que se había prendido de mi brazo.
Pero como él podía leer la mente me dijo:
«Estoy de paso y me marcho hacia el sur
de donde viniste. Hace tiempo que emigro
con los pájaros, persiguiendo al salmón en su retorno 
inaudito a su yesca de alevín».
Conmovido lo invité a que entráramos en San Patricio
a encender una candela de a dólar pero me dijo
que no portaba ni un centavo y que hacía tiempo
no lo dejaban entrar en los templos
por su apariencia de pordiosero.
En la esquina de Madison y la Cincuenta
lo dejé esperando el bus de las seis.

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Manhattan Man-ha-ttan dice la perilla de mis sueños cuando la gira Oscar Castro Zúñiga. Y héme aquí, en la Atlántida reflotada del naufragio en la punta del cometa desvanecido como un carbón recién sacado de la mina parado sobre unas piernas que me prestaron en la aduana. No quería venir. Me obligaron las fisuras de las placas subterráneas; me mandaron a poner orden en este laberinto de edificios donde no cabe ya la luna. Y aquí estoy, el último viajero de la sombra viendo el horizonte vertical de las Torres Gemelas arriar la postrer bandera de la tarde. El joven profesor le dijo un día a mi padre en la plaza de Rancagua que el futuro del mundo ya no está en juego que el juicio final ya ocurrió y no escuchamos las campanadas llamando a los últimos estrados. Si el arcángel oyó mi ruego, estará bajando en la próxima tormenta que se avecina por la bahía, entre Queens y Staten Island, por donde entraron también los dioses subalternos que reinaron hasta el instante del relámpago. Mientras tanto, subo el cuello de mi abrigo: no vaya a ser que por un resfrío no pueda soplar en la trompeta a mí reservada desde el comienzo de los tiempos.

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A la hora del lunch A la hora del lunch los hombres se igualan los estómagos se democratizan los países se licúan bajo la acidez de la sangre las voces se uniforman bajo los ruidos voraces de los intestinos ávidos y los corazones se abren como una sandía partida por un cuchillo. A la hora del lunch desaparecen los fantasmas del Kremlin y callan los ratones de la Casa Blanca. Flaquean los discursos en las Naciones Unidas, la lengua se habilita sólo para la fécula y la garganta abre paso únicamente a los brebajes. Las guerras se paralizan, el mundo discontinúa. A la hora del lunch descansan los muertos de los pesados rezos de los deudos y de las flores asfixiantes del arrepentimiento. A la hora del lunch se archivan los recuerdos en estantes de cuero y el molinillo de las glándulas prepara sus evangelios estomacales. A la hora del lunch el amor ¡va a disputarle su almuerzo a los gusanos!

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Quinta Avenida ¿Qué tienen en común la Quinta Avenida de Nueva York y la calle Eusebio Ibar de Mañihuales? Los ciento veinte pisos de altura entre el río y sus corrientes subterráneas. La marea de estambre que trepa cada primavera desde las narices del alba hasta la noche escarlata. La gente que deambula, allá en potreros de cemento y acá entre rascacielos de nubes, sin esperanza en el ombligo prendida la última varazón de lluvias desnuda la cabeza despreciada, los ojos fijos en la tierra como si fuera la última ración de su cordura. Los bolsillos vacíos, disputándole a la sombra la tibia oscura compañía. Las manos frías aferradas a la cerveza en lata o al porrón de vino turbio frotando la soledad hasta encender la chispa breve en el cerebro entumecido por inviernos de olvido. La raya de tiza que recorre el vientre de Manhattan es el azúcar que endulza el mate de la pampa y el alga misteriosa que cubre la quirúrgica herida del Central Park tiene el mismo verdor de los árboles de Viviana. La Catedral de San Patricio que apuñala los edificios circundantes con su cuchillo de torres puntiagudas es la capilla donde duermen las cantarias descendientes del efluvio austral y el Empire State el signo de los árboles transportados como un falo de asfalto a los bosques de plástico, y un monumento a la inutilidad de los poetas. Desde arriba, todo es igual y predecible como la muerte los tejados se mojan siempre cuando llueve y los hombres se protegen bajo la misma cornisa de asbesto o de nieve. Sólo Dios es diferente: allá aparece de vez en cuando cuando se cansa de vivir en Mañihuales.

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Ocean Driver En la costanera de Ocean Driver pasan como una ráfaga los patinadores y una modelo rubia como una cáscara de limón corrige su traje frente al fotógrafo que prepara la portada de una revista social. El aire tibio se enrarece con la música el mar se acomoda a la playa como un pañal y los turistas desgastan las veredas esperando la última ola antes del anochecer. Sentado en la vereda siento la sal de la mirada de Lot y en las hortensias del jardín se acurruca un niño que bien puede llarmarse Nostalgia. Apenas la noche derrama su copa de vino tinto me calzo las botas de siete leguas de Julio Muñoz y me largo a recorrer las avenidas ciceantes de escarabajos contritos y al amanecer desmadejo mis pasos para volver al mar y estirando la vista sobre el océano hacia el sur como una grúa deposito mi último pensamiento en el país que creció hasta lo desconocido en el día que llevo afuera.

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CORDILLERAS SUDACAS Amazonas Había fumado un paquete entero de cigarrillos y el humo encima de mi cabeza parecía el hongo mortal de los incendios del Amazonas. Pero seguí bebiendo el dulce vino de los árboles mi vaso arrimado a la corteza sangrante de la uva mientras mi vecino de juerga tosía y me miraba tímidamente como implorando una tregua hasta que me volví hacia él y le torcí el cuello con mi mirada de mal talante. No me importa -le dije- que te moleste el humo de mi suerte echada. Pero si insistes en mirarme con ese gesto de reproche, vuelvo a matarte, Chico Méndez.

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Queulat Los cerros del Queulat miran desde arriba como yo te miro ahora parado frente al lecho compartido. Subo una pierna desde el norte y encuentro la tuya por el sur. Abajo, el ventisquero frágil reclina su cabeza y veo la cabellera del magma surcada por piojos de cuatro ruedas. Unto mis ojos en el colirio de la niebla y encuentro tu cara goteando la selva herida. Con la yema de mis dedos enderezo el espinazo del Queulat. Siento el sonido a fritanga de la lluvia el suave zumbido de un motor sobre las cimas. La foresta se arrebola y en cada remolino de la bruma el valle se aleja gritando el declive de las aguas hacia la boca sedienta del mar burbujeante que corcovea en el canal. Entonces subo a la cama y todo mi cuerpo cubre tu cuerpo dispuesto como la tierra seca que recibe la lluvia de mis besos y en un instante se agota como si la nieve de la almohada no se derritiera y el camino del deseo soportara una avalancha en el Queulat.

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A propósito de la muerte de Teillier No hablemos de poesía abramos el pan transfundamos la sangre de la parra subidos a la mesa hartémonos del queso fresco de las nubes prestemos la piel a la tormenta. Cada pétalo caído en el jardín de al lado es el saludo de los astros apagándose. ¿Por qué tendrán que morir los poetas? ¿Alguien no dijo que eran el blasón de la frontera? ¿Por qué los atesoran la noche anterior a su partida y los dejan sin la víspera ni las despedidas? En la Trapananda andan voces bajo las higueras los vasos llenos sin una gota de poesía. Sólo el pan y el vino en la comunión de la palabra y la mesa en que acostarnos cuando no podamos seguir en pie. La lluvia fragante y morena de los bosques del sur moja la hostia compartida la sangre derramada que se volverá a juntar cada vez que dos o más poetas partan el pan y beban el vino de su anónima redención.

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Poesía Quisiera ser en mi verso el trébol de cuatro hojas y termino siendo el jardinero que cobra por metro cuadrado. Me resisto a rebajar mi cuota de locura aunque a nadie le importe. Voy a decir una vez más algo que enardece a los poetas: el vino y la poesía no son compatibles es necesaria la completa lucidez de la locura. Yo maldigo el día en que naciste poesía y me diste esta exasperante fama de huacho dictándome como una profesora de lenguas sin marido palabras que sólo existen en el rincón oscuro de mi demencia obligándome a escribir en el pizarrón de la calle mi condena a no existir a ofrecer cada día la pátena oblatoria de las frases rotas a martillazos cada tantos dolores. Me humillaste con el chicote del adjetivo aleve y me pusiste el bonete de porro cuando exhibía algún verso corregido por Neruda mientras tú salías con el bonito de la época te paseabas del brazo con el primero que conseguía un amigo en El Mercurio.

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Osamentas Ayer cavé en mi jardín y quedaron al descubierto tus piernas maduras como la fruta de oferta. Si hubiese movido la tierra otro poco habría podido atrapar la madriguera que las unía, la dicha que las separaba. Y no fue por falta de valor sino de fe, amada mía. Porque siempre habrán otras primaveras para arnear el jardín de la esperanza y en cambio yo me encuentro solo ahora en mi país al fondo del patio donde existen mausoleos para cuidar la costra sangrante del olvido. Mientras se liberan tus huesos prisioneros de la nieve sucia y la tierra fría puedo jugar con tu cabeza que desenterré en el otoño de ese mismo día.

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Cordillera de la Costa Los bosques estaban más al este y los ojos astutos de los zorros más al norte. El venado todavía pisaba la hojarasca andaba de prisa en los arbustos olisqueando la hierba fresca y espolvoreando su estiércol nervioso en la tierra pura. Los incendios eran fruto de la pasión irrefrenable de las ramas. No había otra pisada que la huella leve del indígena apenas posada sobre la estera fresca de las hojas. Había tanto aire en la mansión aérea de la ardilla que los pájaros bajaban a la tierra como habrían subido a las estrellas. El círculo de ozono aún no dilataba la pupila ardiente del planeta y la piel silvestre de la fauna no se enrojecía como los ojos del puma ni se andaba cayendo a pedazos en cada brinco y en cada muda; no habían venido aún los acertijos a disputarle la berma a los senderos, los aserraderos se oían lejos la madera era el alimento de la hormiga. Los glaciares atrapados en el vértigo de la caída a medio camino desmayaban colgando de la roca sus intestinos albos como ropa recién lavada. La Cordillera de la Costa fue largo tiempo el muro de la China donde frenó su paso Atila. Fue Alaska era la Antártida el nocedal de la burgundia. Hasta que alguien robó la primera astilla alguien abrió de una estocada el vientre preñado de los bosques y raspó el útero de la tierra dejándole los ovarios desangrados de virutas. Vino entonces el gringo a mear en sus riberas orina del Rhin, el Thames y el Sena. Y la Cordillera de la Costa es ahora el patio abandonado de las ciudades vejadas por la historia la fosa séptica de un mundo estítico que sólo a punta de laxantes se libera.

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ALEVINES Alevines Alevines en un estanque de fibra apenas moviéndose no tienen que remontar las corrientes ni burlar señuelos no precisan buscar alimentos cada cierto tiempo constante la mano de Dios se asoma por los agujeros y les entrega por centímetro cuadrado grumos de insectos. (Dios es una cordillera que recorre todos los continentes. Compadezco a los agnósticos y ateos que no pueden alzar los pies de la tierra). Alevines son mis penas y la mano de Dios tus caderas.

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Injusticia justiciera A tí te digo, tiempo acaudalado de días venturosos que osas poner tu planta de oso en mi cristal mira la cordillera (cualquier cordillera) arrienda un viaje astral y empálate en su cumbre como una bandera y divide los países tal cual lo hiciste con mis amigos haz sonar la mala digestión de los tambores y que el caramillo de mi voz fecunda se apague ante el eco marcial de tu monótona canción. Después espárcete con los vientos de la altura que sólo conocen la carne del halcón dáles a comer la ceniza de los siglos no te detengas a contemplar el festín de los buitres en la llanura, atesora los días que te faltan porque ni el tiempo se escapará del juicio final. Te maldigo ahora, injusticia justiciera que me quemas los dedos con tu pedernal de voces estériles como la esperma de un niño y me purificas el alma con el recuerdo de una vez que fui un hombre elevado hasta la altura y un prisionero en la cárcel de las llamas.

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Rencor La noche viene otra vez a golpear mi solitaria puerta en el preciso instante en que soy más vulnerable. Y aprieta sus nudillos de pólvora en la madera exhausta como si no hubiera otro tiempo que el nocturno. Hasta que sale a abrirle mi sentimiento de culpa le muestra la escalera y con un gesto agrio le indica que estoy seguramente en mi cuarto esperando vencida ya toda resistencia tirado en el catre o arrumbado en una esquina y esperando puede ser que despierto en medio de un sueño esperando siempre esperando que venga la noche a cumplir su rutina oscura y serena de sellar la penumbra, recorrer una y otra vez la herida abierta hasta mis lágrimas sin darme la esperanza del olvido ni la treta de escaparme hacia el fondo de las sábanas porque ya no puedo vivir soportando que mi rencor cobarde siga disfrazándose de noche y solapado venga a golpear mi puerta sin misericordia todos los días, sólo porque tuviste el valor de decirme que renunciabas a ser el confín de mis últimas miserias.

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Paisaje Este paisaje ya lo he visto en otros sueños no me es ajena la fugaz esfera que se escurre tras las últimas grietas de la tarde. La tuve antes en mis manos bajo la forma de un damasco en los campos elíseos de Malloa donde el Nunco y La Tralana iniciaban su juego infinito de la huída apenas la luz cabeceaba. También estaba en Quintero la primera vez que busqué el amor en la roca pálida en la fogata de algas o en mi Antofagasta añorada, donde tanto tiempo me esperó Sabella. ¡Aléjense de mí los días y las noches! Mi vida es sólo el instante preciso del sol en el ocaso ni un segundo antes ni un segundo después: todo lo demás fue sólo rito de preparación o despedida.

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En ti ¿Qué hay de mí en ti, aparte de la rosa? Una colmena en que la miel ha dejado prisioneras las abejas. Como la lluvia que moja con todas sus gotas y no basta sólo una, todos tus llantos forman parte de una sola lágrima mía. ¿Y qué más? No sé, tal vez soy la lámpara que alumbra desde el techo todos tus miedos algo más de lo que yo pienso y mucho menos de lo que tú deseas. Soy, en ti, la rosa, el pétalo, el tallo que se desbroza en cada primavera con el primer bostezo de la luna y nada más que éso. O algo más: quizás la brea que tiñe todas las noches tus murallas blancas, para que al amanecer seas mi ciudad rayada, la rosa marcada, el pétalo mordido y un solo tallo entre mis sábanas.

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Frente a Isla Tenglo A Fernando y Menena Aquí estoy, frente a Isla Tenglo al atardecer de un día 13 de mayo el mar abierto ante mis ojos como si lo hubiera pintado la mano alada de Gastón Gómez y cargándome la espalda ese niño inquieto apodado Puerto Montt. El mar plomizo digiere las olas frescas de la tarde el movimiento peristáltico de los canales se alivia tras las rumas de chips los barcos echados en la playa como gaviotas derribadas por una pedrada. Por allí, en la estela salina que aún conserva su rastro pasó hace unos años el Papa Wojtila y una congregación de esperanzas. Yo estoy solo ahora en el segundo piso de un hotel solitario con un libro de poesía mordiéndome las manos. Al otro lado, al frente sacudiendo de sus migajas terrestres el mantel de Moraleda, me espera la única mujer que yo he amado junto a la huerta plantada con tres clases de la misma fruta. Se encienden las primeras luces del puerto y se oscurecen mis pensamientos. En veinte años o tal vez en cincuenta alguien se sentará en esta misma ventana a mirar el mar de otoño y sentirá mi voz llamando desde el agua a sus pupilas desde la eternidad a su sombra delineada por el último rayo de luz de la tarde.

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Cartagena de Indias Cartagena de Indias me guiña aferrada a los barrotes de su prisión de adobe aprieta los nudillos en el acero oxidado y respira el aire cargado de anís que sube desde la música alborotada a las nubes cargadas de ansiedad visceral. En la plaza del reloj un hombre moreno me pone en los brazos un mono con la sonrisa comercial que recibió de sus ancestros ingleses y españoles y de la sangre africana y yo aprieto a la humanidad entera en un abrazo las Naciones Unidas enteras me caben en el pecho a cambio de un billete que le entrego al final. No voy a caminar por la playa mercenaria porque me seguirían los barcos del Caribe tibio como la entrepierna de una mujer. Me saldrían a encontrar los años perdidos y no me quedan monedas para echar a andar el wurlitzer de mis recuerdos quebradizos como disco de acetato y prefiero dormir e imaginarla ciudad de la altura, sentir en la piel el ciento de melodías pegajosas como el sudor luchando por trepar la montaña oscura del cielo. Al amanecer me iré arrastrando los pies para llevarme la basura que se ha ido acumulando en las encías del mar.



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