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Sólo sonetos solos

Grupo Fuego de la Poesía, Santiago-2004, 144pp.

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JOSÉ LUIS MEJÍA O UNA TRADICIÓN INCESANTE
Prólogo de Juan Antonio Massone del Campo, miembro de la Academa Chilena de la Lengua


Pertenecemos a una forma con tal justeza que no es osado afirmar que somos escogidos por ella. Una forma habitada de alguien es meta de todo artista y, por ende, de todo escritor. El torrente del sentir y lo inesperado de la percatación, así como aquello que acucia desde siempre al modo de inocultable clamor en la intimidad, pretende un cauce para concretar sus posibilidades. Estoy convencido de coincidir con el espíritu platónico. Soñamos o ansiamos un arquetipo que, paulatinamente, desocultamos hasta aproximarnos a él lo más afines posible. Es un anhelo no menos que una inaplazable necesidad.
Uno y otra lo son de expresión, ese dilatar el nudo de sí con ánimo vinculante y catártico, pues nadie resta impertérrito en la circunspección o contundencia de meras anécdotas. El paso a paso de cada instante y de cada jornada propende a ser comprendido en una forma -tal el caso del poeta-, porque de no ser así se echa encima el peligro de perderse en brumas amorfas. Quedar a merced de lo perecedero e innominado es asunto grave, y tanto, como si alguien fuera despojado de la mirada y del tacto.
José Luis Mejía (Lima, 1969), sostiene públicamente, a despecho de modas y de vanguardismos, a menudo tan numerosos como transitorios, una constancia de pertenencia y de cierta osadía en el cultivo de la métrica, aunque su predilección no sea excluyente del verso libre.
Sólo sonetos solos es un poemario que alitera el sonido y el silencio. ¿Cuál es la forma del amor y de la nada para que un poeta eleve la voz a la estatura más humana, en ese cruce de infinito y de tiempo como lo es la experiencia afectiva tenida del ser único, con quien vislumbramos un encuentro plenario de existencias?
Ignoro una respuesta cabal para tan ardua realidad, pero creo no desbarrar si afirmo que en ese anticipo de cielo que trae la promesa del amor radica el sueño más animador en el ser humano, aunque con pareja contundencia sepa inferirle la negación más adversa, si le desdeña. El gran sueño puede devenir pesadilla; la gestación, aborto; la posible dicha, un cruel mentís de categórica orfandad. En una palabra, el todo es susceptible de nada.
Y es justamente este quicio, este balancear de las ocasiones extremas el que mejor alimenta la poesía. Tal vez si las carencias echadas al cuello del alma por la distancia, la imposibilidad o la ausente respuesta de alguien, alimenten la expresión verbal en relación directamente proporcional. Es el largo penar de que escribiera Miguel Hernández o aquel "puro morir de amor" de Quevedo.
Al convertirse en holocausto de amor el poema consigue afirmar al ser que lo pronuncia, trémulo y herido. La carencia se transforma en plenitud de rosa deshojada. Un cielo entero cae para avivar el fuego sagrado. El total de las posibilidades se abate en los estambres de la palabra que confiesa, condolida, aquella abrumadora condición de ser sin la amada, en este caso, hacia quien todo proyecto es confirmado en el instante eterno de la contemplación y de la proximidad presente.
Concatenadas penas en metáforas y enumeraciones, a la vista se ofrecen severas paradojas en la primera parte: "Triste como besado por la muerte".

Soñé la inmensa flor de un alma buena,
en todos los rincones fui ninguno
y todas fueron sed para mi pena


(V)

Trátase de la vacuidad en que el ser es arrojado, pues lo vano del trabajo de alcanzar a la amada desguarnece cualquier defensa posible. La intemperie copa ánimo y tiempo. Morir, caer, sentirse inútil son verbos conjugados con extrema aflicción. Y de todo ello, José Luis Mejía parece afín, con filosa prolijidad en el soneto con que defiende el amor y ciñe tribulaciones.
Herencias clásicas de la mejor ley contribuyen a concretar la cita del ansia y de la fuga. Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo, Manuel González Prada y algunos otros respaldan al poeta.
"Nada hay más puro que una piel desnuda", segunda parte del libro, conoce de poemas rotulados, a diferencia del primer grupo a los que se accede directamente al cuerpo del texto.
Más cercano de la corporeidad amada, la voz poética examina los modos potenciales de un vivir más plenario, en caso de conseguir concordancia de voluntad y presencia, de clamor y de respuesta, de impetuosidad viril y disposición femenina. Cúlmine de dicha esa su porción de cielo que, no obstante, nunca queda liberada de peligros anuladores. Endeble, aunque animador, el nudo de hallarse en éxtasis ofrece primicias renovadoras hasta con pretensiones de justificar la vida. Y es que en todo amor existe mucho de hipérbole y no escasa paganía, tributo divinizador a los dioses, de potencias, calidades y efectos deslumbrantes del trato y proximidad de ese no sé qué venido de alguien único.

 Tú eres mi realidad, mi fantasía,
mientras vivamos cálidos y amantes,
tras de la noche azul, arderá el día


(Busco llegar al fondo de tu alma)

Cada poro es una extensión que arde, despertando los sentidos que confían, una vez y otra, en conquistar el hálito menos dócil del amor. Aquella intensidad de miembros que se codician como supremo bien, arranca de esta voz poética el sumo acuerdo en alborozo de lo vivo. Una vez más Calixto en adoración de Melibea. Confírmase el ímpetu de fundir cuerpos porque las almas sean una. Unidad de gozo renovable en su promesa edénica, cada recodo hospeda una intención; todo rasgo anticipa complacencia.
            

Voy a beber el jugo de tus pechos
para saciar la sed de mis edades,
juntaremos los cuerpos en mitades
de formas duras y ámbitos estrechos.

Quedaremos exhaustos, satisfechos,
dejaremos caer las voluntades,
entre caricias, entre obscenidades,
entre fiebres rituales y entre acechos.

Beberás de mi sed, yo de tu fuente,
entre tus labios perderé la boca
y entre tus muslos rendiré la frente.

Arrodillada, como quien invoca
al dios de nuestros padres ser prudente,
liberarás el agua de la roca.


(Voy a beber el jugo de tus pechos)

En la siguiente sección: "Un domingo cualquiera y en la mesa" comparece la ausencia con su descarga de tiempo irrefutable y apesadumbrado presente, agentes de perplejidad causadora de escozor y de lancinante recuerdo de eso que se llama mortalidad, obligatorio límite a las formas y costumbres con que nos reconocemos corporizados en el tiempo, al alcance del tacto.
Y esa extrañeza habida en un espacio que antes conoció de otras voces y otras circunstancias trasunta gravedades en el ánimo de las preguntas consabidas, pero no por ello menos atinentes. La ausencia adquiere cuerpo anímico, ondulación de frágiles grandezas y endebles seguridades. Una conclusión: el mundo en que se ha vivido no dura. Personas y sitios tienen días contados de plenitud. La mayor envergadura y la más fina sombra pertenecen a una zona de encuentro y de escisión, asechada de contra--voluntad y desdecirse de lo vivo.
      

Si entre ser y no ser hay sólo un muro
entre el alba y la noche hay un abismo


(Poema 9)

Con ecos de Garcilaso, aquel que escribiese: "Quién me dijera que en las pasadas horas….", nuestro autor acoge en sus versos similar comprobación desolada e insatisfacción explicativa ante el cambio de signo y de sentido experimentado por las cosas, pertenencias con auras de nombres que ya no están, que ya no pueden ser, que ya sucumbieron. Otro tanto coincide con el registro anímico y la orfandad vallejiana de algunos poemas de Los heraldos negros; así como también, ligado a cierta factura formal de Borges, el poeta despliega la mirada por el ámbito hogareño, comprobando las ganancias de lo contingente y de la escoria que habla de ese no ser invasor e implacable señoreado en lo más querido. Batalla campal entre el afecto y la muerte.
Tamaña colisión se prolonga más meditabunda aún en la sección IV "Nada detiene el paso de los días", en cuyos textos las interrogaciones y los acopios de transitoriedades y consecuencias mortecinas se agravan con la ausencia de Dios, mostrando las heridas en antítesis de angustia y amor, de placer y sufrimiento, de vínculos y separaciones. El desencuentro se difunde espeso y contundente, pero esta vez no por un desdén o la imposibilidad de respuesta adecuada a la ofrenda amorosa de alguien. Cuanto acaece es moneda ontológica contrariada, hosca contraparte de la vida.

Estoy entre la ausencia y el vacío,
¿qué es existir sino el andar a tientas
entre palabras ciegas y violentas
y canciones de amor? Libre albedrío…
¿Cómo vivir sabiendo que la muerte
nos espera al acecho en una esquina
de la existencia? Zarpa repentina
más poderosa que el varón más fuerte.
Sólo hasta ayer mi padre conversaba
del futuro. Mi madre protegía
mi caminar a tientas. La alegría
de ser una familia me colmaba.
Irónico pregón de este acertijo:
No soy padre de nadie y no soy hijo.


(Estoy entre la ausencia y el vacío)

Las siguientes secciones V y VI tituladas "Nadar para morir solo y cansado" y "Todo parece inútil cuando empieza", respectivamente, alternan la proximidad amatoria y una cavilación más distante respecto de los hechos. De la primera, la rotulación alfabética, desde a hasta n, de los poemas, y la afinidad con Quevedo, Lope de Vega y el siempre poderoso González Prada. El rasgo predominante corresponde a la interrogación en que los textos concluyen. Preguntas que no hacen más que testificar la sobreabundancia de lo real y el desasosiego siempre acuciante del espíritu humano, por aquello que a nuestra especie le son insuficientes, a su inquietud, la fugacidad de los hechos.
Las cavilaciones de la sexta sección amplían el registro formal del dominante soneto habido anteriormente, en otras medidas líricas. El pensar contiene un evidente pesar debido a la indigencia del ser en sus circunstancias menoscabadoras.

La vida
renuncia
y anuncia
su herida.
El cielo
responde
que esconde
consuelo.
La muerte
se alegra,
más negra,
más fuerte.
¿Es vano
lo humano?


(La vida)

Este intenso libro de poemas, identificados sus textos de modo diferente en cada sección, culmina en una séptima parte llamada "Nada tengo en la alforja para el viento", constituida de catorce poemas cuya invariable palabra postrera es la desapacible y plural de "asesinas".
La carencia declarada reitera la febledad humana que sólo sabe de alivio cuando existe la promesa y compañía del amor con proyección unitaria, o en la apertura espiritual de una fe robusta si aflora la entrega a una causa, sobre todo en clave trascendente, primer y último soporte para el viajero acongojado.
José Luis Mejía, quien había publicado Tal vez una primavera (Lima, 2002) y Para atrapar una luciérnaga amarilla (Lima, 1998) muestra muy decisivos avances en la profundidad de los asuntos que le comprometen puertas adentro. ¿Qué decir, al fin, luego de conocer su escritura, sino la palabra gracias? Es la que ahora digo, acompañada de indoblegable seguridad en su derrotero de tradición poética, intérprete fiel de la perennidad cambiante de la existencia que, en este libro, es convencimiento de amar y pregunta al misterio.

Juan Antonio Massone
Santiago de Chile, 28 de marzo, 2004